Tratado de Mitología moderna

6 de mayo de 2012 Deja un comentario

Esta parte no será como un cómic. La vida no cabe en pequeños recuadros dibujados

-El Protegido

No te fíes nunca de los capullos que no leen cómics. Si preguntas, y te contesta que nunca ha leído nada, ni un Mortadelo si quiera, escupe en su cara. No sé cuando empecé con ese rollo. Recuerdo un par de cómics en formato grapa de Spiderman y cosas así, descansando entre revistas y periódicos viejos en casa de la abuela. Eran de mi primo, el que hace poco me dijo “¿lees The Walking Dead? Tengo unos cuantos, te los puedo dejar”. Hay cosas que no cambian, y te alegras de que no cambien de ningún modo.

Recuerdo a Kraven el cazador persiguiendo al hombre araña, y suplicándole que lo mate al ser derrotado. Recuerdo ese Mortadelo en el que viajaban por toda la historia del cine, aún me descojono viendo a la tía de “Lo que el viento se llevó” diciendo “a Dios pongo por testigo que nunca más volveré a pasar hambre…” con un nabo (ejem ejem) en la mano.

Me acuerdo de muchas tonterías de esas que realmente te marcan. Lucky Luke a la luz de una linterna. Ir cada mes a por las Historias jamás contadas de Spiderman. Ver a Thor en blanco y negro, en ese mundo tan extraño que dibujaba Jack Kirby, el rey, lleno de monstruos mitológicos, planetas vivientes, puentes de arco iris, dioses que viajan a Vietnam, científicos locos del futuro, el mago Merlín.  Leer tebeos es un hábito que nunca ha parado. Y Hulk peleando contra cucarachas gigantes, y el castigador haciendo justicia, y Gene Colan, y Romita Jr, y Alex Ross.  Es plasta y pedante decir que es el arte de este siglo. Eso es algo que debería estar ya asumido.

Hay que leer éstas cosas. Se puede ver muchísimo en ellas. Los superhéroes son como un panteón de dioses actuales hechos por una industria americana. Tienen su mitología. Nunca envejecen, nunca pierden, nunca mueren del todo. Siguen ahí. Iguales que hace cincuenta años. Es irreal y absurdo, pero ahí hay cierta magia. Nunca cambian para poder acompañarte. Se dice que ellos no existen porque en el mundo real no hay nadie tan loco como para arriesgar su vida a cambio de nada. Bueno, por eso y porque la radiación gamma no te convierte en un monstruo verde gigante sino que te mata al instante. Pero no lo estropeemos.

Todo ésto es otra forma más de contar historias, sólo que éstas tratan de mitología moderna. Ellos no existen, como tampoco existen Ares o Poseidón, pero inspiran, inspiran muchas cosas. Hay una historia mitológica en cada uno de los personajes, y por otro lado una historia sobre luchas entre editoriales, franquicias, imperios creadores de viñetas.

Es Magia, nada más. Otros mundos, que están en éste mismo. Alguien los pone ahí para que entremos. Realidades que se cruzan, se cortan, se hacen hueco entre ellas para que puedan caber todas. Sorprendentemente hay espacio para todos. Y quedan más. Sí, quedan muchísimos más.

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Las puertas

1 de mayo de 2012 Deja un comentario

El príncipe Siddhartha tenía todo cuanto quería, pero no todo cuanto necesitaba. Le costó mucho tiempo entender la diferencia entre ambas cosas.

Vivía en un colosal palacio, al cuidado de su padre. Su madre murió al dar a luz, y por lo tanto su padre, el Rey, había intentado llevar a cabo el papel de padre y madre a la vez. Vivía con miedo de ver una pizca de infelicidad en los ojos de su único hijo, y decidió dedicar su vida a que el joven príncipe viviese pleno de felicidad, cerrando cualquier puerta, cualquier pequeño espacio que dejase entrar la mínima sombra de tristeza. Protegería al pequeño Siddhartha de todo mal que asomase por el horizonte, y recibiría todos los golpes por él.

No era de extrañar que el rey no dejase a Siddhartha salir del palacio. El príncipe no había visto nunca el mundo fuera del castillo, y muy benévolo se pensaba el Rey por dejar que a veces la tenue luz del Sol rozase la blanca piel de Siddhartha. No obstante, su palacio era el rey de todos los palacios. Era tan majestuoso y gigantesco que constituía todo un nido de leyendas.

Unos decían que se había edificado sobre rocas caídas de la Luna. Otros, que los elefantes de los que salió el marfil que decoraba gran parte de las estancias murieron voluntariamente al saber que sus huesos iban a servir al príncipe Siddhartha. Los sirvientes le aseguraban que el mundo exterior era más pequeño que el palacio. Que todo el que intentaba atacar ese lugar moría antes de pena.

Siddhartha lo tenía todo al alcance de su mano: salas de juego, grandes patios de recreo, animales exóticos con los que corretear por los jardines, y que en mundo exterior apenas quedaban. Andaba siempre cubierto de oro y toda clase de joyas, que el consideraba naturales, una extensión más, no algo que llevar con orgullo y arrogancia. Las joyas eran para él juguetes brillantes que podía esparcir por el suelo. Siddhartha, inocente, desconocía como se movía el mundo allá afuera.

Pensaba que los rubíes colgaban de los árboles, que la gente florecía de la tierra y que moría por aburrimiento, convirtiéndose en polvo de diamante que el viento arrastraba hacia el Sol en el momento oportuno. No había visto morir a nadie ni a nada. No sabía que cada vez que el Sol se ponía, alguien se marchaba también de éste mundo. Y toda esa realidad de hermosas mentiras eran, por supuesto, cuentos del Rey.Su hijo debía ser feliz, aunque fuese por puro desconocimiento de la tristeza, de la miseria, del mal. Si todo eso no existía para el príncipe, de puertas para fuera tampoco.

Pero  todo padre sabe que a cierta edad un hijo es imposible de predecir. El joven Siddhartha estaba creciendo y se hacía preguntas. “¿Por qué nunca salgo del palacio?” “¿Qué hay del mundo más allá de aquí?” Y el mundo, silenciosamente respondía: “cierto, ¿qué hay de mí?” Se acercaba el cumpleaños de Siddhartha, que ni siquiera sabía cuántos años llevaba existiendo. El tiempo era otra cosa que apenas existía en el palacio. Nunca había visto a ningún anciano. El Rey se impacientaba: no quedaba ningún regalo que hacerle a su hijo. No había nada en el mundo que Siddhartha no tuviera. El príncipe llevaba pocas preocupaciones a sus espaldas, pero en cambio, cargaba con bastantes riquezas.

El príncipe, nervioso, agobiado e inquieto, le pidió a su padre el único regalo que quería. ¿Que quería? No, no se trataba de eso. He aquí la cuestión: el único regalo que necesitaba. Se acercó a su padre, que hacía lo posible por parecer siempre joven a los ojos de su hijo, y le dijo las terribles palabras: “quiero ver el mundo exterior. Quiero abrir las puertas de palacio”. “No me quedan excusas” pensó el Rey. Éste momento debía llegar tarde o temprano. Pero seguía queriendo proteger al joven príncipe, y tomó cartas en el asunto.

Ordenó a todos sus hombres hacer algo muy especial: por todos los alrededores del palacio, hasta donde alcance la vista, debían deshacerse de toda la gente. Esconder a los pobres, llevarse a los ancianos, encarcelar a los de aspecto peligroso. Había acomodado el palacio para la completa inocencia del niño, y ahora debía acomodar el mundo. “Un rey… mejor dicho, un padre debe hacer grandes cosas” se decía.

Siddhartha mando abrir los enormes portones del palacio, que se manejaban con cadenas de oro macizo, y vio por primera vez el mundo exterior. O lo intentó: la luz le cegó,  y sus ojos tardaron unos minutos en acostumbrarse. Por fin pudo mirar el palacio desde fuera. Estaba flanqueado por un estanque de agua turbia, al que, según las leyendas, nadie, ni el mismo Rey, debe acercarse.

Pero no había salido para contemplar el palacio. Avanzó por las calles, y dejó que el viento le saludase. Le sorprendieron las hojas de los árboles y de las plantas que no había dentro del palacio. El mundo parecía desierto, salvo por unas cuantas personas aquí y allá, que bebían vino y charlaban. Era extraño, muchos de ellos le resultaban familiares, como si los hubiera visto en la corte del palacio…

Y entonces oyó pasos, y voces, muchas voces. “¡Detenedlo, detenedlo!”. Un hombre se postró a los pies de Siddhartha, un hombre a que perseguían los guardias. Pero no se postró por educación, como todos los del palacio, sino porque estaba fatigado. Era alguien extraño para él: un pelo blanco como la luna y una barba larguísima, y la piel, ¿qué le pasaba a su piel? Estaba arrugada y áspera como el papel más endeble. Llevaba harapos y un palo que le ayudaba a caminar. No sabía que clase de hombre estaba ante él.

Los guardias fueron hacia él para llevárselo, pero en un abrir y cerrar de ojos, cientos de personas aparecían aquí y allá, por todas partes. Nadie pudo esconderlos, nadie pudo deshacerse de todos. Mujeres que lloraban, niños cubiertos de suciedad, hombres que parecían esqueletos vivientes, suplicando por agua y pedazos de pan. ¡Suplicaba por tan poco! ¿Qué les pasaba? ¿Acaso eran mentira las historias de su padre? ¿Acaso la gente se iba de éste mundo sin poder impedirlo? ¿Acaso había algo por debajo de la felicidad, escombros bajo una vida de mentiras?

Así era. Nadie vio lágrimas en los ojos de Siddhartha, nadie vio ningún sentimiento. No tuvieron oportunidad. Corrió como un demonio. Decían en palacio que se fue porque no aguantó más, pero todos allá afuera sabían que era mentira. Cuando el mundo se desmoronó sobre el joven príncipe, comprendió que no podía permitir que nadie suplicase nunca por nada.

El Rey fue el último en verlo correr. No quiso detenerlo. Él también comprendió, y sonriendo, entró al palacio y lo mandó derrumbar.

El Kluggen

23 de abril de 2012 Deja un comentario

Sólo tengo treinta minutos para escribir ésta mierda, espero hacerlo bien. Empezaba con una pesadilla. Hay cosas en éste mundo que están hechas de lo mismo que las pesadillas, ya sabes a qué me refiero, lo habrás oido mil veces, ese material frío, invisible, líquido, cortante. Se escapa de tu cabeza y viene hasta aquí, y destroza a más de una persona. Una de esas pesadillas.

El vendedor me esperaba en un cruce de caminos. Tenía la cara de algún amigo o familiar. Le pregunté si tenía lo que yo andaba buscando.

Sí, lo tengo aquí mismo –contestó.

Justo lo que necesitaba – le dije, agarrando la mercancía –. Gracias de antemano.

Cogí la ballesta que me había vendido y le dí a cambio un trozo de pastel. Era lo mejor con lo que le podía pagar, y el lo aceptó, al fin y al cabo ¿quién quiere dinero en un puto sueño? Después de eso volví a casa. No sé como, no recuerdo haber caminado hasta allí. A veces en los sueños los lugares y las caras de las personas cambian. A veces la puerta de tu casa es la de una catedral gótica y tu vecino es Willem Dafoe. En mi caso, las escaleras de casa habían sido cambiadas por alguna extraña fuerza y eran iguales que las de mi instituto.

Pero joder, me quedan veinticuatro minutos, ésto es frustrante.

Mamá y papá estaban en la cocina charlando, habían cenado ya, y estaban viendo la tele y bebiendo vino. En la realidad nunca bebían vino, pero bueno, ahí lo tenían encima de la mesa.

¿Como va, hijo? –decía mamá– ¿Viste ésta película que están poniendo? Me gustan los cementerios, me encantan, ¿no es así?

Ella miró a papá esperando respuesta, pero él sólo se limitaba a reir mientras fumaba. Sonó un golpe en la puerta.

La noche de los muertos vivientes –dijo papá mirándome.

Mierda, mierda, mierda, ¡aquí vienen otra vez! –dije, mientras me miraban sin comprender– Coged cuchillos, joder, coged algo, tenéis que ir a…

La puerta de la calle se abrió de golpe, y corriendo como un demonio, me apresuré a cerrar la puerta de la cocina. Esa puerta estaba llena de cristales, y las manos de los muertos vivientes asomaban por allí. Eran de todos los colores. Las había de color amarillo chillón, rosas, moradas, azules, y por alguna parte, juraría haber visto pinzas de cangrejo. Muchas manos.

Dieciocho minutos.

Cogí un cuchillo dentado, de esos que partían el filete a duras penas, porque no encontré otra cosa, y comencé a clavarlo sobre aquellas manos. La puerta se rompía y, hecha astillas volaba sobre la cocina, mientras ví que los muertos vivientes poseían las caras de conocidos y amigos lejanos, esos amigos que ves en la ciudad una vez al mes, pero estaban inexpresivos. Era como si, por culpa de la poca relación que había mantenido con ellos, por culpa del poco interés que me habían suscitado y que en ocasiones se había convertido en cierto desdén hacia su mera existencia, viniesen ahora pidiendo a gritos ser parte de mi vida… O de mi muerte.

Quince minutos, y papá y mamá ya no estaban en la cocina. Se desintegraron.

Hay dos puertas en la cocina: la que da al pasillo, por donde estaban entrando los muertos vivientes de colores, y la que da al balcón, que cuenta con una persiana. En eso no cambiaba la casa. Había bajado la persiana sabiendo que podían entrar por allí, pero ahora fui a abrirla, desesperado, para salir por la terraza. Conseguí deshacerme de ellos, pero subiendo por las escaleras que conectaban el patio y la terraza venían más. No gritaban, no producían el menor ruido ni chocando contra las cosas.

No tenía salida, y el cuchillo se había quedado incrustado en la cabeza de uno de los muertos vivientes. En el de color rosa, creo.

Doce minutos.

Sabía que luchar era inutil, así que subí al tejado de la vecina. Estúpida vecina, siempre limpiando. ¿Qué más te da? No tienes ni un amigo. Y su marido sale al patio con una escopeta. ¿Que coño hace? Lo juro por Dios, todos los medios días sale con la puta escopeta. Ignorando esos pensamientos, a once minutos y medio del final, subí al tejado de la vecina y quise saltar a la calle y huír de casa, buscar a mis amigos e investigar a qué dimensión habían ido ésta vez papá y mamá. Pero era complicado. Diez minutos. Sabía que afuera el mundo estaría lleno de muertos de colores dispuestos a sacarme las tripas y a clavarme hachas en la cabeza que harían fluir la sangre manchando mis preciosas gafas, aunque nunca lleno gafas cuando salgo a la calle.

Elegí, entonces, la vía más fácil. Cuchillo en mano, hice un salto mortal hacia el suelo. En un sueño puedes hacer lo que quieras. Podría haber salido volando, o haberme construido un lanzallamas con lo que encontrase en el contenedor de la basura. Pero en aquel sueño me preocupé de caer de cabeza contra el suelo, para morir al instante, sin dolor, sin muertos vivientes. Me dí de boca. Mamá y papá se enfadarían si descubriesen que me he matado así, con lo que habían pagado para mantener mis dientes.

Me pregunté para qué cojones había comprado esa ballesta.

Aquí viene lo raro. Joder, me quedan siete minutos.

Normalmente te despiertas cuando caes. Pero no fue así. Me encontraba tendido en el suelo de la calle. No sangraba, no me dolía nada, no podía o no quería moverme. Todo rastro de vida en el mundo desapareció.

Entonces llegó. Era ajeno a los sueños y a las pesadillas. Ajeno a la vida y sobretodo a la muerte. No tenía ojos, sólo una gigantesca boca con más dientes de los que en ella cabían, dentro de una cabeza calva, y dos orificios que hacían de orejas. Era gigantesco, musculado, y jadeaba. Se acercó a mí lentamente. Parece que reía.

Y cinco minutos.

Vino hasta donde yo estaba. Portaba un hacha en la mano, de hoja fina y reluciente, sin un rastro de sangre a pesar de lo brutal que parecía él. No destripaba gente, destripaba historias, destripaba ideas, destripaba mundos, jugaba con las vidas porque eran algo inferior a él, podía coger las vidas y tejerlas, coseras, cortarlas, pegarlas, destruirlas si quería. No formaba parte del universo. De ningún universo. Había rodeado el infinito incontables veces. En algunos círculos le llamaban “el Kluggen”. Sonaba viscoso e irreal. Justo lo que él quería.

Él sólo estaba allí para divertirse. Y el cabrón se estaba divirtiendo de lo lindo.

Tres minutos.

Había oído hablar de él, quizá en el patio del colegio, quizá en la barra de un bar o en una fiesta de estudiantes. No era una leyenda, se alimentaba de leyendas. Decían todo tipo de cosas. Se comía tu ego. Te sacaba el cerebro para olerlo y luego devolverlo a su sitio. Algunos decían que mirar su rostro podía volverte cuerdo. Se alimentaba del silencio que se producía cuando no se hablaba de él. Y cuando se hablaba de él, volvía a la vida y desgarraba espacios en blanco y vidas cruzadas, y masticaba los suspiros de quienes perdían el tiempo.

Corrió hacia mí. Minuto y medio, joder, minuto y medio.

No puedo seguir contando nada, no da tiempo. Luchaba por despertar. No había manera. No era un sueño, lo había fundido con la realidad, había ensamblado mi tierra con la tierra de Morfeo, y ahora yo estaba en territorio de nadie. Alzó el hacha y no me mató. Hizo algo mil veces peor.

Me dejó vivo sin comprender. Me obligó a meter la cabeza bajo tierra, a no hacer preguntas.

Me condenó a no poner punto y final a ésta frase  

Sotánica Satánica

22 de abril de 2012 Deja un comentario

Hitchcock hablaba de que había pasado noches en vela imaginando como sería su muerte. Lo único que recuerdo es que aparecí en Marte como el personaje de esa novela. Esa vieja novela pulp.

 

Te acuerdas de mas cosas, piensa, piensa. Piensa por todas esas veces en las que te decías a ti mismo “no pensar, mente en blanco”, te lo debes, maldita sea, te lo debes. Había una chica, creo. Puede que hubiera más, pero yo sólo me acuerdo de esa chica. Y de lo que hacíamos mientras Buda me guiñaba un ojo.

 

¡Claro, coño! ¡Buda! Debíamos estar en algún templo o algo, si Buda estaba allí. ¿Era yo amigo de los templos? No me suena, no sé, tendré que seguir investigando. No me acuerdo de a qué me dedicaba. Creo que no me dedicaba a nada, porque nadie me pagaba.

 

Pasé muchas noches sin dormir sólo por escribir cosas. Escribía cosas en sitios. Me susurraba a mí mismo: “mis libros harán llorar a las ranas”. No sé cómo puede uno susurrarse a sí mismo, con lo lejos que están la boca y las orejas, imposible susurrarse uno sólo sin que los de alrededor escuchen.

 

Había imágenes. No sé por qué imaginaba astronautas con el pelo blanco andando por un Venus lluvioso, porque allí no dejaba de llover y el pelo ya se les había vuelto blanco. Pensando en aquello dormía tranquilo. Pero, ¿es posible que en mi cerebro haya sitios en los que nunca estuve? No creo haber ido a Venus, pero ahora estoy en Marte, ¿no?

 

Un maestro muy alto con el pelo cano (¿habría estado en Venus?) me contaba una historia sobre espacios en blanco que formaban líneas, dibujos, libros que matan.

 

Joder, que estés en Marte no quiere decir que te hayas muerto, ¿no? Tampoco tengo constancia de ningún dolor. Aparezco allí y ya está. Una canción empezaba diciendo “si me marcho mañana, ¿tu te acordarás de mí?” Casi todos se murieron en un avión.

 

Yo pensaba en esa frase. En quién se acordaría. Pero, ¿y qué? ¡Yo no me estoy acordando de una mierda! Acordarse los unos de los otros en realidad no importa. Pensar en dónde irás tampoco. Tantas preguntas existenciales para acabar en Marte.

 

En realidad acaba teniendo su gracia. No recuerdo cómo he muerto o si realmente lo he hecho. Pero eso sí: la vida debió ser acojonante.

Ground Control to Major Tom

18 de abril de 2012 Deja un comentario

Amigo mío, cuesta tanto escribir. Cada vez es más tedioso ponerse a vomitar palabras para curar el cáncer de página en blanco. Es como una enfermedad ver un espacio en blanco donde sabes que puede haber algo interesante escrito. Alguna mierda que plasmar. Empiezas a ponerte nervioso, te tiemblan las manos y buscas dentro del cráneo algo con lo que llenar ese espacio invisible.

Y a veces no es sólo el ridículo ego lo que te impulsa. No es sólo esa voz dentro de ti que te dice que vas a demostrar que eres mejor que cualquier mamarrachada mal escrita, que cualquier basura pretenciosa de palabras enrevesadas, que superas a todos esos poetas franceses de vidas turbulentas sólo porque tu estás vivo y ellos son mierda polvorienta, y que por muchos besos que dejen las admiradoras en sus lápidas, ellos no dejan de ser huesos llenos de termitas y gusanos. No es únicamente eso.

A veces quieres expresar algo de verdad. Romper con todos esos que alzan la voz orgullosos de lo luchadores que son. Gente de mierda que por llenar el mundo de panfletos y decir lo comprometidos que son se dan por satisfechos. A dormir, a descansar las emociones del día, sufrimos mucho, lloramos por todas las revoluciones, cantamos himnos que compuso gente mil veces muerta. Y luego están los que hablan del amor como si fuesen a alguna parte. Poesía, poesía y poesía, el arte más pomposo que existe. Me refiero a la poesía entendida como rimas de parvulario en cursiva que hablan de humo de cigarros, barras de labios y aventuras amorosas que no importan a nadie. O de gilipollas que se quejan de una rutina que no se atreven a cambiar. Nadie ve poesía en gemidos, duchas calientes o risas de abuelos moribundos.

Me refería a todo eso. A romper con toda esa mierda condescendiente. A que por una vez aplaudan mi verborrea. Pero llega un momento en el que no te importa lo que te aplaudan o lo que no. Tú sigues, y ya. No hay cosas más importante: seguir, tu mismo, tranquilo, con tus cosas buenas y tus mierdas. Dejando atrás lo que no te apetezca aguantar, recortando elementos que no te gusten o borrando amistades inútiles que habías establecido sin saber muy bien por qué. Quedándote con lo esencial del asunto.

Con las risas, los besos, las películas, la música, los dibujos. Últimamente ando sospechando que lo mío puede que no sea del todo escribir. Tardo más en escribir un relato que un tebeo. Al fin y al cabo dibujar es lo que hacía desde pequeño. Los profes me dejan mañana un aula para que termine mi cómic. ¡Un aula para mí solo! ¿No ves lo pro que me resulta eso?

Pero hay algo que impulsa a escribir. Las historias son las historias. Siempre es buen momento para torturar a la gente con cuentos chinos y sentimientos, estén escritos o dibujados. La vía es lo de menos. Se hace lo que se puede. Hay que seguir. Seguiremos informando, fin de la transmisión.

El hombre que fue Calavera

12 de abril de 2012 Deja un comentario

Bouncer está perfecto ahí. Parece que amenaza a las palabras con su pistola.

Aquí estamos otra vez, escribiendo en la noche. Estoy contento, acabo de terminar mi cómic, pronto la Calavera estará más viva que nunca. Crear un personaje nunca es fácil. Hice una especie de bárbaro con botas de cuero altas y una máscara que al principio era como de lucha libre, representando una calavera. Ahora esa máscara realmente no parece una calavera, pero el personaje merecía llevar ese nombre.

Bradbury lo decía: muchos temen a los esqueletos, y es frecuente verlos en películas de terror (sobretodo en las antiguas) y en disfraces de halloween y chorradas varias. Las calaveras y los esqueletos son como de miedo, pero sin embargo todos tenemos uno dentro. Esos seres que imaginamos en los cementerios, rondando con los fantasmas, en realidad están, y estarán siempre, dentro del cuerpo de uno mismo. Por eso es divertido un super-héroe que sea una calavera, porque puede que mi historia no sea la mejor, ni la más bonita, pero sale de dentro, la calavera siempre ha estado dentro.

Y hay poco que decir. Me ocurre a menudo, antes solía demostrar sensaciones y pensamientos con cuantas más palabras largas y bonitas mejor. Pretendía demostrar algo a alguien, no sé a quién. Quien intenta demostrar algo con poesía y palabrería fina de veras tiene problemas de comunicación. Toda la elegancia te hace irremediablemente vulgar. Vulgar y triste, tus pretensiones hacen que tus neuronas pasen velozmente de ser un pueblo, a ser una simple masa. ¿Por qué se odian entre ellas? Porque no sabrías dar armonía a nada ni aunque te mandasen pintar una estúpida habitación vacía toda de blanco.

Y volvemos a caer en lugares comunes. Mira, simplemente rompe todo lo que encuentres adentro. Deja de pensar si eres real o no. Deja de pensar qué hay después de la muerte, porque si no, llegarás a ella habiendo vivido poco más que un trabajo decepcionante y un par de escenas de cama mal resueltas.

Deja de ser triste, por favor.

Deja de producir náuseas.

Deja de ser nada.

Conviértete en algo que te haga grande. Ponte una etiqueta bien grande en un lugar que nadie pueda ver, y luego créete lo que ponga. A mí no me mires, no, no pidas cuentas. Yo mismo he querido ser tantas cosas. ¿Te las cuento? ¿Estás listo?

Un pájaro. Un pistolero manco. Buda. Un científico loco. Un dragón. Un tigre blanco. Un indio. Un hombre hecho de rocas. Un pistolero otra vez. El Diablo. Un alien. John McClane. Cualquier cosa abstracta. Un conejo, huyendo victorioso. Otro pistolero.

Lo has visto, la mayoría de esas cosas son fantasías que uno nunca podría llegar a ser. ¿Por qué? La respuesta que cualquiera te daría es que, por mucho que estudies, por muy alto que llegues, por muchas modernas intervenciones que hagas en tu cuerpo, pagues el dinero que pagues, será imposible convertirse en un conejo. Si de pequeño le decías a mamá que querías ser un conejo de mayor, lo mejor que podría hacer ella sería asentir y decir “sí, cariño”. Y por eso todo el mundo ahora es idiota.

No sé, me extiendo mucho con todas las cosas así. Ser o no ser ¿no? ¿Se referiría Shakespeare, como yo, a los conejos? A saber. Recuerda lo que te he dicho: trata de no ser demasiado gilipollas. A mí hay días que me cuesta horrores, pero uno a veces no puede evitar ser gilipollas. Pensarás que la ignorancia da la felicidad pero, ¿no es más fácil rebanarle el cuello a una avestruz mientras tiene la cabeza metida en el suelo?

Medita sobre ello. Yo no lo haré.

Semen espiritual, que fluye en la cara del mal

7 de abril de 2012 3 comentarios

Ando buscando el universo perfecto donde meterme. Porque hay muchos mundos, sí. A todos nos gusta presumir de nuestra genial y abierta mente, nuestro cerebro gigantesco como una biblioteca que no tiene fin donde cada libro es una idea genial, una vivencia, un trozo de fuerza vital inagotable. Pero te equivocas.

No hay fantasía en ti, no te engañes. Te ciñes a lo que pone en el guión, a tu carrera, a tu contrato, y esa papelera que compraste en el todo a cien que pensaste llenar con ideas desechadas y bolsas de sacarina ahora solo está a rebosar de pañuelos con semen. Semen cerebral, deshechos de esa mente que presume ser de un niño tardío y que no es más que una mirada seria por encima de esas gafas con correa. El infierno de una mente adulta que sólo es adulta porque ha aprendido a decir “condones”, “cerveza” y “dinero”.

Es un rollo. Cuando era pequeño leía “La Historia Interminable” bajo el escritorio, pero ahora me choca la puta cabeza. Nunca me terminé ese libro, supongo que por no romper con la magia del título. Y cuando creces y tu cabeza va chocando cada vez contra más sitios te vas dando cuenta de que nada cambia nunca. La abuela vuelve a llevar pañales y la entiendo igual que a un recién nacido, es decir, nada. Eres mayor para bajarte los pantalones borracho frente a otra persona, pero no lo suficiente mayor como para creer en historias de Marte, y cuando les cuentas a los demás tu teoría de que los dinosaurios debían de ser de colores, se ríen de ti.

Tengo el secreto de por qué la gente se muere. No hay nada que a uno le llame a vivir mil años, a nadie le apetece. Si un marciano viniese aquí, yo diría que el invento humano que más absurdo les parecería sería un paraguas. Oyes a la gente por todas partes decir “a ver si llueve de una vez”, y cuando por fin llueve, ¡nos ponemos esos trastos sobre la cabeza! Es más: pagamos por el agua cada mes. Cuando salimos a la calle evitamos que nos caiga la lluvia, pero, una vez en casa, no sólo nos dejamos mojar en la bañera, ¡sino que nos desnudamos para mojarnos, con el mismo puto agua del que nos hemos estado resguardando en la calle!

Muchos pensarán (irónicamente todos esos que afirman tener un imaginativo niño interior) que reflexiones así son de locos, o de drogados, o tonterías puramente humorísticas. Ser loco ha perdido  toda la gracia. Cualquiera se autoproclama loco, sin saber que es un título muy difícil de conseguir, pues tienes que hacer grandes cosas, es como si todos nos dedicásemos a nombrarnos caballeros reales a nosotros mismos. De hecho, nombrarse caballero real uno mismo sería más fácil y menos insultante que nombrarse loco.

Así, ya me quedan pocas cosas que decir y pocos consejos que dar. Tú, que lees ésto, ya lo leas ahora, ya lo leas ayer, o ya lo leas en un búnker subterráneo en el año tres mil, intenta entender lo que te digo. Mi último consejo es éste: evita tu ego, porque no hace más que cubrirte el cuerpo de estiércol mientras piensas que hasta lo que te sale por el culo es trascendente (¡nada es trascendente, y menos tú!), evita fingir que eres serio y aburrir al mundo cuando hablas, y sobretodo, evita seguir consejos de cualquiera. Bueno espera, entonces los dos anteriores… ehmm… Bueno, da igual, déjalo.

Categorías:Literatura exquisita