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Archive for the ‘Rarities’ Category

Carta de despedida

19 de junio de 2012 3 comentarios

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Bueno, supongo que esto es una especie de despedida, ahora que hace un año que empecé este lío. 

Cuando empecé no tenía ni idea. No tenía ni idea de que me iba a gustar tanto esta mierda de escribir, ni de que le iba a temer tanto a la página en blanco, ni que podía ser capaz de sudar y resoplar por no saber qué escribir. Y ahora estoy aquí escuchando a Patti Smith y escribiendo esta cosa para cerrar el blog que seguramente sea decepcionante y después traspasarme a otro blog que puede que a la gente no le guste. ¿Te das cuenta de cómo podemos abrumarnos y asfixiarnos por nada? Voy a hacerme una coleta, ahora vengo.

Ya, perdón. Resulta que gracias a tener un blog he podido desahogarme a gusto, artísticamente. Eso ha sido importante, aunque sea sólo por ver cómo la gente me decía lo que molaban las cosas que escribía. ¿No se busca un poco eso cuando escribes? No me refiero a ser tan universal, blanco y poco arriesgado que todo el mundo se ponga de acuerdo. Se escribe para que la gente lo vea. Para que te llegue alguien y te diga “me haces más llevaderas las noches sin dormir”, o también “he imprimido tu historia, me la he estado leyendo”. ¡Mi historia! La historia de las mujeres lobo de Neptuno ¡pero si a nadie le gustó! También me han dicho “yo nunca leo libros, sólo te leo a ti”. No es un número muy grande de gente, sólo amigos y conocidos, pero ya ha sido algo.

Si puedes hacer algo bien, úsalo para algún fin. No podría vivir autoabasteciéndome de mi propia mierda, quiero decir, si tu mierda es buena, no sé, ¡dásela a los demás! No puedes estar de por vida diciendo “ehm, bueno… esto lo escribió una antigua profesora”. Creo que en el Lazarillo de Tormes lo decían: “que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello.” En esas clases en las que a veces nos dormimos y a las que nos cuesta entrar a veces se aprenden cosas, sobre todo si te las enseña alguien con ganas, y a mí me lo enseñó uno de los grandes.

Y de ahí se pasa a lo siguiente: en un incierto año sabático te das cuenta de que hay que hacer las cosas con ganas. Aunque es cierto que yo no me puse a estudiar hasta bien entrado febrero… o más bien mayo… pero bueno eso es lo de menos. El 2012, año jodido sin duda. Mueren Bradbury y Moebius, nos sangran dinero por todas partes, la gente hace revoluciones por ahí… Leí en no se qué periódico “los griegos hacen acopio de bebidas y alimentos para prepararse”, por si viene la guerra o no se qué basura. 

Escribiré un periódico algún día, con una noticia en primera plana: “Todo lo que hemos estado diciendo los periódicos hasta ahora era mentira. Los políticos son vampiros desalmados y no es cierto que vaya a estallar ninguna guerra. El dinero no importa porque somos una sola conciencia colectiva que algún día, mediante la iluminación se dará cuenta de que la única política válida en el planeta Tierra es jodernos la vida un poco menos entre nosotros y hacer que el universo sea un lugar un poco bonito”. ¡Venderé ese ejemplar a 100 € cada uno! Jajajaja…

No, en serio, hay que tener ganas de hacer las cosas en serio, aunque casi siempre nos equivoquemos al elegir lo que es serio y lo que no. Últimamente todos nos ahogamos en nuestros vasos de agua, y no vemos que el vaso ni siquiera estaba lleno. Las banderitas, los eslóganes machacones, la lucha entre ideales, esa mierda es lo de menos. El mundo se sostiene porque al final acabamos aprendiendo a ser menos gilipollas, aunque eso viene una vez cada nosecuantos años. Tu carrera, o tu trabajo, o lo que quiera que hagas, en realidad no importa. Importa echarse una mano de vez en cuando. Eso y dejar a los cachorritos tranquilos. ¿Por qué crees que tu Dios los hizo tan bonitos? ¡¡Para que los dejaras en paz!!

Estoy reflexionando mierdas metafísicas cuando debería solamente decir: “¡bueno, ésto se acaba, voy a abrir el otro blog, luego nos vemos!” Pero quería juntar todas las ideas que había ido poniendo aquí, en una sola idea gigante, que es toda esa mierda idealista que acabas de leer. Pero es que en un año pueden pasar tantas cosas, puedes leer tantos libros sobre el Zen y puedes tener tantas conversaciones interesantes… algo se te tiene que pegar. 

He tenido historias muy buenas. Un señor me insultó y le dije una obscenidad. Al día siguiente lo escribí como si fuese un relato de Lovecraft. Es de lo más divertido que me ha pasado. He atado todos los cabos de otros años. Me he deshecho de relaciones inútiles que no llevaban a ninguna parte y me he olvidado de cosas malas. He hecho nuevos amigos y he ido a un concierto de Metallica. He conocido a la reina de las chicas de ojos azules y me he dado cuenta de que escribir poemas y relatos bajabragas no vale tanto como pasar una hora entre risas y besos. Se me ha acabado el disco de Patti Smith mientras escribía esto. Joder, debo llevar un buen rato. 

Una idea muy bonita con la que merece la pena marcar tu vida es una cosa que le escuché una vez a Jodorowsky. Según parece, Miguel Ángel decía que, una vez habías terminado una estatua, podía echarla a rodar colina abajo. Todo lo que quedase de la escultura al llegar al final era lo esencial, y lo que se había roto eran partes prescindibles. Así que todo lo que no te guste, recórtalo. No eres un puto mártir, no tienes que sufrir por nada. 

Esto es sólo un paseo. Habrá más. Y sí, mucho mejor. 

http://fahrenheitcomics.wordpress.com/

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No más obituarios

17 de junio de 2012 Deja un comentario
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No hay mejor forma de encabezar esto que con un dibujo de Leinil Yu

La recta final. Has tenido muchas cosas en sólo un año, debes estar contento. Has conocido a una chica, te has sacado el teórico, has vuelto a aprobar eso de la selectividad, has escrito esa basura underground de cómic de la que te sientes orgulloso y le has dado ese rollito zen a tu vida y a tu forma de pensar. “Yo no aguantaría un año sin hacer nada”, me dicen. Yo tampoco, por eso he estado haciendo muchas cosas.

Se acabó por fin, y parece que he sabido sobrevivir. Sólo queda una cosa, una única cosa antes de poder meterse de lleno en el verano: cerrar éste blog. Chaparlo para siempre. El sitio se quedará vacío, pero sólo el lugar, porque todo ésto se va a traspasar. Vamos a llevarnos las ideas a otro sitio, y es un alivio.

Ésto huele ya a recuerdos. He escrito cosas para callar bocas a pedantes y hacer ver que se puede hablar en serio sin ser serio en absoluto. He escrito historietas bajabragas y he intentado ser original. He hablado sobre muchas cosas y me estoy repitiendo. No encuentro temas, de momento, y necesito temas nuevos, nuevas historias, nuevas formas de escupir a la cara fea de las cosas. He vivido unas cuantas cosas, pero te dejaré con la intriga y te haré esperar unos días más.

El martes 19 de julio cerraré las puertas de éste sitio, pero poco después haré otro. Las palabrejas se me han quedado pequeñas y habrá dibujos y cómics. Allí podrás ver “La Calavera” en toda su magnitud. En cuanto cree ese nuevo blog pasaré el link por aquí. 

Elegí el día 19 porque es el día que, hace un año, abrí ésto con ganas de cachondeo y de parodiar esos blogs que hablan de cosas profundas con palabras rebuscadas, pero acabé hablando de mis propias cosas profundas y a la gente acabó gustándole. Le doy importancia a eso de cerrar porque cuando empecé no pensaba que ésto sería un sitio tan cojonudo para desahogarme y toda esa mierda. Hasta Toni Nievas me dijo que el blog estaba guay. 

En fin, hay muchas cosas que decir antes de irse, pero te jodes. El día 19 estaré aquí. 

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Ænima

4 de junio de 2012 2 comentarios

Escucha, sé que he tenido bastantes pocas ganas de escribir últimamente. Creo que no es desgana. No es falta de inspiración, ni dejadez, ni estar ocupado con otras cosas. Los estudios. Ja. Eso es una excusa barata de mediocres, hay tiempo para todo. Es cierto que ahora debería estar estudiando, pero qué coño, si uno no puede tener tiempo para soltar cuatro tonterías o sentarse a escuchar Pearl Jam puedes volarme la cabeza.

Todo ese tema de escribir… Bueno, creo que últimamente hay cosas que no necesitan que te extiendas demasiado explicándolas, no sé si me explico, es más fresco y gratificante ver como llegan y te rozan la cara y te las dejas guardadas en alguna parte, sabiendo que volverán a salir cuando estés apunto de irte, y la vida pase ante los ojos, y todas esas cosas serán las que veas, estoy seguro que será alguna mierda en blanco y negro y a cámara lenta, y te parecerán horas.

Las cosas malas ahí no están. Las pérdidas de tiempo, las amistades inútiles, los engaños, los desengaños. La cierta tristeza que siempre está ahí. Hay una tristeza por algo que no sabes bien qué es. Algunos días quieres ser Frank Castle y emprenderla a tiros con los culpables. Arreglarlo rápido, dejarlo todo bien hilado, enterrar a los políticos, a los trozos de mierda que dan palizas a los críos y… ¿Sabes quienes son los peores? Los que matan cachorros. No me preguntes por qué. Destrozan el mundo. Y nunca se irán.

Pero un tío más listo que todos nosotros no dejaba de repetirme que el mundo sigue porque al final siempre somos más los buenos que los malos. No sé explicar a qué viene todo eso, pero no sé, estaba ahí metido. Me gusta reflexionar éstas tonterías imaginando que estoy subido a un tejado o algo. Había empezado con una cosa y ahora no sé de qué estoy hablando y me he perdido.

Bueno, esas cosas. Últimamente no tengo muy claro sobre qué escribo, porque ya he escrito sobre casi todo lo que quería escribir. Más o menos. Realmente es mentira: me quedan cosas sobre las que escribir, pero, ¿qué gracia tendría si las escribiese todas ahora? Están todas guardadas bajo llave, esperando a que las saque, algunas ni siquiera sé qué coño son.

El cómic ya está por aquí guardado, sólo necesito subirlo y ponerle las viñetas bonitas y todo eso después de la selectividad. Aquí está Bill con el tiempo.

La muerte de Ego, el planeta viviente

9 de mayo de 2012 Deja un comentario

Queda poco. Te frustras por nada. Sales a la terraza y bebes una coca-cola de esas con sabor a cereza, y piensas que no va tan mal. Pero hay que cambiar cosas. Remangarse y extirpar, descoser, unir, arrancar algunas cosas a bocados, dejar otras en su lugar. Todo se reduce a tus mundos personales. Si lo miras bien, sólo hay dos o tres cosas que no merecen ser tiradas a la basura. Hay cosas que se hacen tremendamente grandes e importantes, y cosas que encogen hasta poder pisotearlas. Todo eso va cambiando, girando, estirándose, transformándose, etc, etc.

Otro primer párrafo lleno de cosas que no entiende ni Dios. Sólo suenan bonitas: ahí está la esencia de todo. Es asqueroso contar tu vida. Tus asquerosas penas de clase media. Vuelve otro día. Compra tus penurias insignificantes y personalizables, customizables, oh, sí, terribles. Dirás que ésto es infumable. Nadie te ha pedido que lo fumes. Tu asquerosa boca no está hecha para fumarme. Vuelve otro día, en serio.

¿Conoces ese cuentecillo zen? El tipo que perseguía a la vaca. Las pasaba putas hasta que la cazaba, y luego la domaba, y después la vaca desaparecía porque era alguna clase de alegoría y el tipo se fundía con el universo y podía andar por el mercado con el pecho descubierto. La clave está en lo último: caminar sin nada, a pelo, que las balas te reboten. Es el fin último. El resto de todas las cosas que te importan y te preocupan, las protagonizadas por el estudio, el dinero del finde y las amistades que no valen para nada se perderán en la mierda como saliva en la ducha.

Te diré que casi todo lo que escribo va de lo puto mismo. Optimismo, luchar contra el ego, quitar importancia a las cosas, hacer lo que uno ama, viajar a Marte. Se acaba el tiempo, se acaba el sabbat. Se acaba el descanso, y hay que ponerse a hacer algo rápido. Hay que volver al trabajo. Han pasado cosas en un año. Las guardaré, las archivaré, las pondré en una carpeta con los bordes de oro, que se abre con cien llaves, hechas de hueso, de trozos de cerebro, de arterias de metal, y cafeína, y vodka, y sémen, y ojos azules. Cosas abstractas que suenan bonitas. Mirar párrafo 2.

Ya va a acabar. Hablar de uno mismo, como comprenderás, es un coñazo. Deja que la poesía se muera en su forma más cargante y pomposa. La historia de uno debe acabarse para dejar hablar a la historia de los universos. Las cosas eternas, los planetas parlantes. Renovarse o matar.

Por si te preguntabas a qué viene todo eso: a éste blog le quedan un mes y diez días de vida. Habrá cosas nuevas. Buenas noches.

El Kluggen

23 de abril de 2012 Deja un comentario

Sólo tengo treinta minutos para escribir ésta mierda, espero hacerlo bien. Empezaba con una pesadilla. Hay cosas en éste mundo que están hechas de lo mismo que las pesadillas, ya sabes a qué me refiero, lo habrás oido mil veces, ese material frío, invisible, líquido, cortante. Se escapa de tu cabeza y viene hasta aquí, y destroza a más de una persona. Una de esas pesadillas.

El vendedor me esperaba en un cruce de caminos. Tenía la cara de algún amigo o familiar. Le pregunté si tenía lo que yo andaba buscando.

Sí, lo tengo aquí mismo –contestó.

Justo lo que necesitaba – le dije, agarrando la mercancía –. Gracias de antemano.

Cogí la ballesta que me había vendido y le dí a cambio un trozo de pastel. Era lo mejor con lo que le podía pagar, y el lo aceptó, al fin y al cabo ¿quién quiere dinero en un puto sueño? Después de eso volví a casa. No sé como, no recuerdo haber caminado hasta allí. A veces en los sueños los lugares y las caras de las personas cambian. A veces la puerta de tu casa es la de una catedral gótica y tu vecino es Willem Dafoe. En mi caso, las escaleras de casa habían sido cambiadas por alguna extraña fuerza y eran iguales que las de mi instituto.

Pero joder, me quedan veinticuatro minutos, ésto es frustrante.

Mamá y papá estaban en la cocina charlando, habían cenado ya, y estaban viendo la tele y bebiendo vino. En la realidad nunca bebían vino, pero bueno, ahí lo tenían encima de la mesa.

¿Como va, hijo? –decía mamá– ¿Viste ésta película que están poniendo? Me gustan los cementerios, me encantan, ¿no es así?

Ella miró a papá esperando respuesta, pero él sólo se limitaba a reir mientras fumaba. Sonó un golpe en la puerta.

La noche de los muertos vivientes –dijo papá mirándome.

Mierda, mierda, mierda, ¡aquí vienen otra vez! –dije, mientras me miraban sin comprender– Coged cuchillos, joder, coged algo, tenéis que ir a…

La puerta de la calle se abrió de golpe, y corriendo como un demonio, me apresuré a cerrar la puerta de la cocina. Esa puerta estaba llena de cristales, y las manos de los muertos vivientes asomaban por allí. Eran de todos los colores. Las había de color amarillo chillón, rosas, moradas, azules, y por alguna parte, juraría haber visto pinzas de cangrejo. Muchas manos.

Dieciocho minutos.

Cogí un cuchillo dentado, de esos que partían el filete a duras penas, porque no encontré otra cosa, y comencé a clavarlo sobre aquellas manos. La puerta se rompía y, hecha astillas volaba sobre la cocina, mientras ví que los muertos vivientes poseían las caras de conocidos y amigos lejanos, esos amigos que ves en la ciudad una vez al mes, pero estaban inexpresivos. Era como si, por culpa de la poca relación que había mantenido con ellos, por culpa del poco interés que me habían suscitado y que en ocasiones se había convertido en cierto desdén hacia su mera existencia, viniesen ahora pidiendo a gritos ser parte de mi vida… O de mi muerte.

Quince minutos, y papá y mamá ya no estaban en la cocina. Se desintegraron.

Hay dos puertas en la cocina: la que da al pasillo, por donde estaban entrando los muertos vivientes de colores, y la que da al balcón, que cuenta con una persiana. En eso no cambiaba la casa. Había bajado la persiana sabiendo que podían entrar por allí, pero ahora fui a abrirla, desesperado, para salir por la terraza. Conseguí deshacerme de ellos, pero subiendo por las escaleras que conectaban el patio y la terraza venían más. No gritaban, no producían el menor ruido ni chocando contra las cosas.

No tenía salida, y el cuchillo se había quedado incrustado en la cabeza de uno de los muertos vivientes. En el de color rosa, creo.

Doce minutos.

Sabía que luchar era inutil, así que subí al tejado de la vecina. Estúpida vecina, siempre limpiando. ¿Qué más te da? No tienes ni un amigo. Y su marido sale al patio con una escopeta. ¿Que coño hace? Lo juro por Dios, todos los medios días sale con la puta escopeta. Ignorando esos pensamientos, a once minutos y medio del final, subí al tejado de la vecina y quise saltar a la calle y huír de casa, buscar a mis amigos e investigar a qué dimensión habían ido ésta vez papá y mamá. Pero era complicado. Diez minutos. Sabía que afuera el mundo estaría lleno de muertos de colores dispuestos a sacarme las tripas y a clavarme hachas en la cabeza que harían fluir la sangre manchando mis preciosas gafas, aunque nunca lleno gafas cuando salgo a la calle.

Elegí, entonces, la vía más fácil. Cuchillo en mano, hice un salto mortal hacia el suelo. En un sueño puedes hacer lo que quieras. Podría haber salido volando, o haberme construido un lanzallamas con lo que encontrase en el contenedor de la basura. Pero en aquel sueño me preocupé de caer de cabeza contra el suelo, para morir al instante, sin dolor, sin muertos vivientes. Me dí de boca. Mamá y papá se enfadarían si descubriesen que me he matado así, con lo que habían pagado para mantener mis dientes.

Me pregunté para qué cojones había comprado esa ballesta.

Aquí viene lo raro. Joder, me quedan siete minutos.

Normalmente te despiertas cuando caes. Pero no fue así. Me encontraba tendido en el suelo de la calle. No sangraba, no me dolía nada, no podía o no quería moverme. Todo rastro de vida en el mundo desapareció.

Entonces llegó. Era ajeno a los sueños y a las pesadillas. Ajeno a la vida y sobretodo a la muerte. No tenía ojos, sólo una gigantesca boca con más dientes de los que en ella cabían, dentro de una cabeza calva, y dos orificios que hacían de orejas. Era gigantesco, musculado, y jadeaba. Se acercó a mí lentamente. Parece que reía.

Y cinco minutos.

Vino hasta donde yo estaba. Portaba un hacha en la mano, de hoja fina y reluciente, sin un rastro de sangre a pesar de lo brutal que parecía él. No destripaba gente, destripaba historias, destripaba ideas, destripaba mundos, jugaba con las vidas porque eran algo inferior a él, podía coger las vidas y tejerlas, coseras, cortarlas, pegarlas, destruirlas si quería. No formaba parte del universo. De ningún universo. Había rodeado el infinito incontables veces. En algunos círculos le llamaban “el Kluggen”. Sonaba viscoso e irreal. Justo lo que él quería.

Él sólo estaba allí para divertirse. Y el cabrón se estaba divirtiendo de lo lindo.

Tres minutos.

Había oído hablar de él, quizá en el patio del colegio, quizá en la barra de un bar o en una fiesta de estudiantes. No era una leyenda, se alimentaba de leyendas. Decían todo tipo de cosas. Se comía tu ego. Te sacaba el cerebro para olerlo y luego devolverlo a su sitio. Algunos decían que mirar su rostro podía volverte cuerdo. Se alimentaba del silencio que se producía cuando no se hablaba de él. Y cuando se hablaba de él, volvía a la vida y desgarraba espacios en blanco y vidas cruzadas, y masticaba los suspiros de quienes perdían el tiempo.

Corrió hacia mí. Minuto y medio, joder, minuto y medio.

No puedo seguir contando nada, no da tiempo. Luchaba por despertar. No había manera. No era un sueño, lo había fundido con la realidad, había ensamblado mi tierra con la tierra de Morfeo, y ahora yo estaba en territorio de nadie. Alzó el hacha y no me mató. Hizo algo mil veces peor.

Me dejó vivo sin comprender. Me obligó a meter la cabeza bajo tierra, a no hacer preguntas.

Me condenó a no poner punto y final a ésta frase  

Sotánica Satánica

22 de abril de 2012 Deja un comentario

Hitchcock hablaba de que había pasado noches en vela imaginando como sería su muerte. Lo único que recuerdo es que aparecí en Marte como el personaje de esa novela. Esa vieja novela pulp.

 

Te acuerdas de mas cosas, piensa, piensa. Piensa por todas esas veces en las que te decías a ti mismo “no pensar, mente en blanco”, te lo debes, maldita sea, te lo debes. Había una chica, creo. Puede que hubiera más, pero yo sólo me acuerdo de esa chica. Y de lo que hacíamos mientras Buda me guiñaba un ojo.

 

¡Claro, coño! ¡Buda! Debíamos estar en algún templo o algo, si Buda estaba allí. ¿Era yo amigo de los templos? No me suena, no sé, tendré que seguir investigando. No me acuerdo de a qué me dedicaba. Creo que no me dedicaba a nada, porque nadie me pagaba.

 

Pasé muchas noches sin dormir sólo por escribir cosas. Escribía cosas en sitios. Me susurraba a mí mismo: “mis libros harán llorar a las ranas”. No sé cómo puede uno susurrarse a sí mismo, con lo lejos que están la boca y las orejas, imposible susurrarse uno sólo sin que los de alrededor escuchen.

 

Había imágenes. No sé por qué imaginaba astronautas con el pelo blanco andando por un Venus lluvioso, porque allí no dejaba de llover y el pelo ya se les había vuelto blanco. Pensando en aquello dormía tranquilo. Pero, ¿es posible que en mi cerebro haya sitios en los que nunca estuve? No creo haber ido a Venus, pero ahora estoy en Marte, ¿no?

 

Un maestro muy alto con el pelo cano (¿habría estado en Venus?) me contaba una historia sobre espacios en blanco que formaban líneas, dibujos, libros que matan.

 

Joder, que estés en Marte no quiere decir que te hayas muerto, ¿no? Tampoco tengo constancia de ningún dolor. Aparezco allí y ya está. Una canción empezaba diciendo “si me marcho mañana, ¿tu te acordarás de mí?” Casi todos se murieron en un avión.

 

Yo pensaba en esa frase. En quién se acordaría. Pero, ¿y qué? ¡Yo no me estoy acordando de una mierda! Acordarse los unos de los otros en realidad no importa. Pensar en dónde irás tampoco. Tantas preguntas existenciales para acabar en Marte.

 

En realidad acaba teniendo su gracia. No recuerdo cómo he muerto o si realmente lo he hecho. Pero eso sí: la vida debió ser acojonante.

El hombre que fue Calavera

12 de abril de 2012 Deja un comentario

Bouncer está perfecto ahí. Parece que amenaza a las palabras con su pistola.

Aquí estamos otra vez, escribiendo en la noche. Estoy contento, acabo de terminar mi cómic, pronto la Calavera estará más viva que nunca. Crear un personaje nunca es fácil. Hice una especie de bárbaro con botas de cuero altas y una máscara que al principio era como de lucha libre, representando una calavera. Ahora esa máscara realmente no parece una calavera, pero el personaje merecía llevar ese nombre.

Bradbury lo decía: muchos temen a los esqueletos, y es frecuente verlos en películas de terror (sobretodo en las antiguas) y en disfraces de halloween y chorradas varias. Las calaveras y los esqueletos son como de miedo, pero sin embargo todos tenemos uno dentro. Esos seres que imaginamos en los cementerios, rondando con los fantasmas, en realidad están, y estarán siempre, dentro del cuerpo de uno mismo. Por eso es divertido un super-héroe que sea una calavera, porque puede que mi historia no sea la mejor, ni la más bonita, pero sale de dentro, la calavera siempre ha estado dentro.

Y hay poco que decir. Me ocurre a menudo, antes solía demostrar sensaciones y pensamientos con cuantas más palabras largas y bonitas mejor. Pretendía demostrar algo a alguien, no sé a quién. Quien intenta demostrar algo con poesía y palabrería fina de veras tiene problemas de comunicación. Toda la elegancia te hace irremediablemente vulgar. Vulgar y triste, tus pretensiones hacen que tus neuronas pasen velozmente de ser un pueblo, a ser una simple masa. ¿Por qué se odian entre ellas? Porque no sabrías dar armonía a nada ni aunque te mandasen pintar una estúpida habitación vacía toda de blanco.

Y volvemos a caer en lugares comunes. Mira, simplemente rompe todo lo que encuentres adentro. Deja de pensar si eres real o no. Deja de pensar qué hay después de la muerte, porque si no, llegarás a ella habiendo vivido poco más que un trabajo decepcionante y un par de escenas de cama mal resueltas.

Deja de ser triste, por favor.

Deja de producir náuseas.

Deja de ser nada.

Conviértete en algo que te haga grande. Ponte una etiqueta bien grande en un lugar que nadie pueda ver, y luego créete lo que ponga. A mí no me mires, no, no pidas cuentas. Yo mismo he querido ser tantas cosas. ¿Te las cuento? ¿Estás listo?

Un pájaro. Un pistolero manco. Buda. Un científico loco. Un dragón. Un tigre blanco. Un indio. Un hombre hecho de rocas. Un pistolero otra vez. El Diablo. Un alien. John McClane. Cualquier cosa abstracta. Un conejo, huyendo victorioso. Otro pistolero.

Lo has visto, la mayoría de esas cosas son fantasías que uno nunca podría llegar a ser. ¿Por qué? La respuesta que cualquiera te daría es que, por mucho que estudies, por muy alto que llegues, por muchas modernas intervenciones que hagas en tu cuerpo, pagues el dinero que pagues, será imposible convertirse en un conejo. Si de pequeño le decías a mamá que querías ser un conejo de mayor, lo mejor que podría hacer ella sería asentir y decir “sí, cariño”. Y por eso todo el mundo ahora es idiota.

No sé, me extiendo mucho con todas las cosas así. Ser o no ser ¿no? ¿Se referiría Shakespeare, como yo, a los conejos? A saber. Recuerda lo que te he dicho: trata de no ser demasiado gilipollas. A mí hay días que me cuesta horrores, pero uno a veces no puede evitar ser gilipollas. Pensarás que la ignorancia da la felicidad pero, ¿no es más fácil rebanarle el cuello a una avestruz mientras tiene la cabeza metida en el suelo?

Medita sobre ello. Yo no lo haré.