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Archive for the ‘Literatura exquisita’ Category

De las cenizas volverás

7 de junio de 2012 Deja un comentario

Te recorre un escalofrío en momentos así. Te tiemblan los ojos y dejas de atender a todo lo demás. El mundo se te cae encima y se convierte en cristales rotos. Porque Ray Bradbury se ha muerto.

Siempre es triste cuando pasan cosas así. Cuando dices “ha muerto Moebius”, “ha muerto Sidney Lumet”, “ha muerto Bradbury”, y tú solamente escuchas “¿quién?”. Pero no se puede hacer nada. Nadie se muere sin nadie. Ni siquiera cuando muere alguien mil veces mejor que la mayoría de los que siguen vivos. Estamos en el futuro que él describía en muchas de sus historias. Pantallas gigantes que ocupan toda la pared del salón, gente que nos deja sin libros, atados todos a nuestros teléfonos de mierda que saben hacer desayunos.

Nunca nadie me llevó por donde él pudo llevarme. Puestas de sol en Marte, Venus lluvioso, bomberos que provocan incendios, tatuajes vivientes, dinosaurios, astronautas que se desvanecen felices, falsas máquinas del tiempo, bebés asesinos. Todos los mundos que puedas imaginar: él los tenía. Te agarraba con fuerza y te lanzaba  a sus historias. Era como un niño, siempre entusiasmado, siempre volando por ahí con ideas nuevas. Y se dedicó a eso desde que era un crío hasta que murió con 91 años.

“Ve a lo alto de la colina y salta, y construye tus alas mientras caes”, esa era su filosofía. Como decía Bill Hicks, la vida es un paseo, pero matamos a los que intentan decírnoslo. “No puede ser un paseo, he invertido mucho, mira mi cuenta bancaria, mira mi familia”. Pero así es, un simple paseo, una atracción de feria. Bonitas palabras ¿no? La gente a la que has apreciado y a la que has seguido hasta que acaban yéndose, siempre te dejan algo bueno dentro. Y todas esas cosas se mezclan y te hacen un poquito mas grande. Es algo así ¿no? Tampoco tengo mucha idea ahora, dentro de unos años podría decirlo mejor. No tengo ni idea.

Aquí nos quedamos, Ray, y mientras no nos  quemen tus libros, aquí seguirás tú también.

 

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Categorías:Literatura exquisita

Ænima

4 de junio de 2012 2 comentarios

Escucha, sé que he tenido bastantes pocas ganas de escribir últimamente. Creo que no es desgana. No es falta de inspiración, ni dejadez, ni estar ocupado con otras cosas. Los estudios. Ja. Eso es una excusa barata de mediocres, hay tiempo para todo. Es cierto que ahora debería estar estudiando, pero qué coño, si uno no puede tener tiempo para soltar cuatro tonterías o sentarse a escuchar Pearl Jam puedes volarme la cabeza.

Todo ese tema de escribir… Bueno, creo que últimamente hay cosas que no necesitan que te extiendas demasiado explicándolas, no sé si me explico, es más fresco y gratificante ver como llegan y te rozan la cara y te las dejas guardadas en alguna parte, sabiendo que volverán a salir cuando estés apunto de irte, y la vida pase ante los ojos, y todas esas cosas serán las que veas, estoy seguro que será alguna mierda en blanco y negro y a cámara lenta, y te parecerán horas.

Las cosas malas ahí no están. Las pérdidas de tiempo, las amistades inútiles, los engaños, los desengaños. La cierta tristeza que siempre está ahí. Hay una tristeza por algo que no sabes bien qué es. Algunos días quieres ser Frank Castle y emprenderla a tiros con los culpables. Arreglarlo rápido, dejarlo todo bien hilado, enterrar a los políticos, a los trozos de mierda que dan palizas a los críos y… ¿Sabes quienes son los peores? Los que matan cachorros. No me preguntes por qué. Destrozan el mundo. Y nunca se irán.

Pero un tío más listo que todos nosotros no dejaba de repetirme que el mundo sigue porque al final siempre somos más los buenos que los malos. No sé explicar a qué viene todo eso, pero no sé, estaba ahí metido. Me gusta reflexionar éstas tonterías imaginando que estoy subido a un tejado o algo. Había empezado con una cosa y ahora no sé de qué estoy hablando y me he perdido.

Bueno, esas cosas. Últimamente no tengo muy claro sobre qué escribo, porque ya he escrito sobre casi todo lo que quería escribir. Más o menos. Realmente es mentira: me quedan cosas sobre las que escribir, pero, ¿qué gracia tendría si las escribiese todas ahora? Están todas guardadas bajo llave, esperando a que las saque, algunas ni siquiera sé qué coño son.

El cómic ya está por aquí guardado, sólo necesito subirlo y ponerle las viñetas bonitas y todo eso después de la selectividad. Aquí está Bill con el tiempo.

Ven conmigo si quieres vivir

22 de mayo de 2012 2 comentarios

La nave tiene los escudos a baja potencia. El blog tiene pocas visitas. Es lo que tiene escribir poco. He estado ocupado.

Hace unos días me dí de bruces con los diecinueve. Mi tío me llamó para felicitarme: “bueno ¿qué se siente con diecinueve?” ¡Qué jodida pregunta, apenas llevaba horas con ellos! Los diecinueve son un pegajoso traje simbionte alienígena que te queda grande. Te despiertas con ellos y ahí se te quedan, pero no tienes ni idea de como se usan, ni de qué rábanos representan. ¿Qué se siente con ellos? ¡Coño, aún me lo pregunto!

Ya se ha acabado el sabbat. Llega el trabajo. Hay que pelear contra cosas. ¡La PAEG! ¡El Teórico! ¡El cómic que llevas cinco putos meses haciendo! Van todos a por ti, a clavarte uñas y dientes, a romperte en trozos. Y tú con los diecinueve, que no sabes cómo usarlos. El Horror…

Responsabilidad, estudio, dibujos, conciertos de Heavy Metal. Vaya lío. También llevo, si te paras a pensar, casi un año escribiendo ésto. Tiene cojones. No había hecho ni la selectividad. Hice ésto por diversión malsana, porque el verano aburre mucho. Y ya lo ves, al cabo de un año tienes, no sólo a tu colega del bar que afirma que sólo te lee a ti y al Naruto ese, sino a tus antiguos profesores pendientes de que escribas más cosas de éstas. Gente que sabe de literatura, de filosofía o de arte pidiendo que escribas más desvaríos de éstos. ¡Pero ésto qué es! Ha sido un buen año.

Queda agarrarse como a un clavo ardiendo a las cosas que quieres para seguir un poco cuerdo. Dibuja, escribe y sigue enganchándote a aquellos ojos azules. Se ha acabado el tiempo, hay que volver al trabajo. Está todo vendido. Poco más leerás aquí dentro. El diecinueve (¡asquerosa coincidencia!) del mes que viene ésto llevará aquí un año, y el blog se traspasa. Se va. Cambio de aires. Ch-ch-ch-chan-changes, como decía David Bowie. Pero habrá más. Igual va bien, igual no. Pero va a ser demasiado bueno como para que vaya mal.

Quimera Cómics, en menos de un mes.

Excélsior!

Categorías:Literatura exquisita

El hombre de los lagartos

10 de mayo de 2012 Deja un comentario

El Sol estaba sucio. Otra mañana más. Que asco, esa noche no había dormido él, por el trabajo, pero intentaba levantarse más o menos vivo, lo necesitaba porque esa noche libraba y tenía que beber así que decidió animarse como suele hacerlo normalmente, con dosis de autocompasión autocomplaciente mañanera que había ido llevando a cabo desde la pubertad, solo que ahora para dar emoción, porque con los años costaba excitarse a uno mismo, le añadía un palo de piruleta o la cadena rota del tapón de la ducha o a veces hasta se compraba hámsters y cosas.

Se asomó a la ventana y vio a la vecina, la del piso de enfrente, abajo, en la calle, barriendo. “Eh” dijo en voz baja. “Eh, eh, señora”. Susurraba, y claro, no había forma de que la señora oyera eso. “Puta. Señora, señora. Puta, a tomar por el culo ¿No?” y de vez en cuando se le escapaban infantiles risas y cuando la vecina parecía que miraba, él se escondía detras de la cortina tapándose la boca con la mano. Eso le alegraba las mañanas, que no solían ser muy alegres cuando se levantaba, porque se quedaba siempre media hora vomitado, un asunto feo. Y peor le iba a ir esa noche, con esa botella de veneno ruso importado. A nadie le hacía daño de vez en cuando ¿Sí o no?

La resaca le estaba ronroneando en la cabeza y hacía que la boca le supiera a alcohol, a vómito y a fetos. Un momento… ¿Fetos? Ya estaba otra vez. Se había acordado de la maldición de aquella gitana. Todas las mañanas vomitaba un feto. No había mal para sus seres queridos. No había muerte y dolor para la mujer de su vida. No habría desgracias en su futuro cercano. Sólamente un maldito feto saliéndole de la boca todas las mañanas, dolía a horrores, y tenía que trocearlo con la escoba una vez estaba dentro del inhodoro, hacerlo pequeños pedazos con el palo de la fregona, para que pudiese irse por el desagüe.

Lo que no recordaba es cómo le pasó. Tuvo que haber alguna forma, algo ocurrió…

Eran encantadores, los lagartos. Cada mañana se iba a la tienda de animales a ver los lagartos. Había uno, de ojos grandes y nerviosos, que no se movía, pero tenía los ojos bien abiertos. Parecía un muñeco. En aquel centro comercial todos parecían muñecos. Las señoras que se paseaban por ahí con las bolsas sobretodo, señoras mayores, con sombrero y gafas anticuadas con correa porque estaban ya mayores y qué desgracia si se les caían al suelo, el cristal por ahí rondando, pero con la correa, salvación, estaban seguras. Pero, ¿Y si las gafas caían del rostro arrugado como papel y se estampaban contra los flácidos e inexpugnables pechos y el cristal se caía igual? Las había que iban pensando eso y agarraban las bolsas con fuerza porque esperaban su fin y nada podía protegerlas de ello, de esa cruel manera de terminar, y se lamentarían porque la última vez que tuvieron sexo fue hace la friolera de once años, con el marido recién afeitado, le costó quitarse los tirantes pero pudo hacerlo, aunque no sirvió de nada porque pronto volvió, en ocho minutos y trece segundos a la frustración, la vida estridente, el no-sexo, encontrar las cintas de vídeo de “La Buena, la Fea y la Mala” cada vez peor escondidas.

Mujeres ancianas, que parecían de cera, con rostros cincelados por la mano inexperta de un Dios que olvidó el cincel en el lugar menos pensado y que, cruel ironía, usó un colorido y transparente dildo para terminar de realizar aquellas caras dolidas y cubiertas de piel, piel que pesaba, y sobraba por muchas partes. Pero había mujeres de todos los tamaños y colores paseando y consumiendo por ahí, quemando billetes, y en ellas pensaba el hombre de los reptiles, Roland H Lipstick, pensaba en las que no tendría otra relación que un desdeñoso saludo en la escalera de un hipotético piso, y pensaba en las que, sólo con verlas, le impulsaban a usar su lengua viperina en cada uno de sus jugosos órganos y sus dientes para romper las finas medias que cubrían piernas, que cubrían suave piel que arrancar metafóricamente con los ojos para llegar adentro, a los músculos, los huesos, la esencia de ese cuerpo de mujer que en realidad no era más que un punto diminuto en aquella fortaleza comercial en la que seguía Roland en carne y hueso, pero sólo físicamente ya que su cerebro hacía tiempo que había huído de los lagartos para irse a pastos venusianos más verdes, revolcándose su mente en una limpia cascada de leche desnatada y fluidos del cuerpo, cálidos y obscenamente imaginarios.

A eso se dedicaba H Lipstick, a soñar con los lagartos, las curvas, el sexo, soñaba, realmente con todo lo que se le pusiese por delante, todo lo que le sacase del sucio zulo en el que vivía, que le hiciese olvidar su empleo de vigilante nocturno en ese odioso museo, el asqueroso museo del lápiz, llevaba trabajando años allí, tiempo que le apretaba el cuello con tenazas y le hacía sangrar a borbotones en una pesadilla viviente en la que la sangre no se acababa, y no dejaba de fluir, y no se volvía pálido en ningún momento, no dando lugar ni a que los reptiles devorasen lo que quedaba de su cuerpo.

Su difunto padre le había metido allí. Era demasiado tiempo el que llevaba, pero no movía ficha para cambiar esa situación porque le gustaba disfrutar de toda la mierda insignificante que muchos llamamos “pequeños detalles” que realmente sí, nos hacen vivos, o algo, y él gustaba de contemplar las señales de tráfico con el sol reflejándose en el metal, y las palomas en los parques que salían volando. No sabía por que lo hacían, por qué salían volando cuando él, o cualquiera, se acercaba. A veces, en su diminuta cama, en la que le colgaban los pies, durante las pocas horas que dormía soñaba que conseguía coger una al vuelo, triunfalmente, y la agarraba y se deshacía en insultos contra el animal. “Puta, ¿Por qué huyes?

Se imaginaba a las palomas allí quietas e inamovibles mientras era el parque el que se iba cuando querías entrar, se hacía trozos y volaba cuando te acercabas y volvía a su sitio cuando te ibas. No tenía ningún sentido aquello, pero iba torciendo y regurgitando esa fantasía mientras salía del antro comercial.

Ya se acordaba. Sí, lo del feto y eso. La gitana. Vendía en la puerta ramitas de no-se-qué.

– ¡Una ramita, una ramita!

– No.

– ¡Que sí, y te leo la fortuna!

– Yo no tengo fortuna.

– Cómo no vas a tener, guapo, rubio.

– ¡No!

Intentó apartar a la gitana lo más amablemente posible, pero su subconsciente, pensando en las abominables señoras de cera aún, empujó a la gitana y le tiró la rama el suelo. Se ofendió mucho y escupió palabras en una jerga extraña, frenética y parabólica, porque hay adjetivos que no vienen al caso que siempre se pueden usar con esa gente porque esa gente comete actos que no vienen al caso. Extraño cruce fue el de la gitana y el hombre de los reptiles, gente así se cruza pocas veces en la vida, pero cuando lo hacen es una explosión, sólo descriptible con la metáfora de un hombre tumbado en una playa, rodeado de figuras de cristal, donde empiezan a llover torsos, sólo torsos, sin extremidades. Imagínense.

Y el buen Roland dijo “lo siento” sin sentirlo, y ella gritó y escupió al suelo, e hizo ademán de agarrarle del cuello, pero sólo era ademán. Él se marchó y la puta le seguía incansable, por la calle, pero, entonces… Paso de cebra, semáforo en rojo, Lipstick cruzó más salvo que sano y ella, no tanto. Una moto se la llevó por delante, y el motorista salió despedido, y ella se deshizo allí, y el cuerpo fofo y sudoroso y grasiento estaba allí, en ese paso ahora blanco, negro y rojo, hecha un amasijo de mierda, sus dientes aún quedaban por allí, y el hombre de los lagartos fue corriendo a socorrerla, empezó la frase “Dios mío, yo…” pero la gitana:

–El feto, el feto para los desgraciados. El feto.

Ahí ya sí que no. Maldiciones no. Y cogió la cabeza de ella y con los pulgares le hundió los ojos, y sangraba, y gritaba pero le tapaba la boca hasta que calló, posiblemente al atragantarse con los dientes que le quedaban en la boca. Quedaron ahí el cuerpo, ese filete muerto adornado con ramitas que por ahí quedaban, mezclándose con los dientes, y el motorista, que salió mas o menos bien. Vivo al menos.

Eso fue. Eso fue.

Categorías:Literatura exquisita

La muerte de Ego, el planeta viviente

9 de mayo de 2012 Deja un comentario

Queda poco. Te frustras por nada. Sales a la terraza y bebes una coca-cola de esas con sabor a cereza, y piensas que no va tan mal. Pero hay que cambiar cosas. Remangarse y extirpar, descoser, unir, arrancar algunas cosas a bocados, dejar otras en su lugar. Todo se reduce a tus mundos personales. Si lo miras bien, sólo hay dos o tres cosas que no merecen ser tiradas a la basura. Hay cosas que se hacen tremendamente grandes e importantes, y cosas que encogen hasta poder pisotearlas. Todo eso va cambiando, girando, estirándose, transformándose, etc, etc.

Otro primer párrafo lleno de cosas que no entiende ni Dios. Sólo suenan bonitas: ahí está la esencia de todo. Es asqueroso contar tu vida. Tus asquerosas penas de clase media. Vuelve otro día. Compra tus penurias insignificantes y personalizables, customizables, oh, sí, terribles. Dirás que ésto es infumable. Nadie te ha pedido que lo fumes. Tu asquerosa boca no está hecha para fumarme. Vuelve otro día, en serio.

¿Conoces ese cuentecillo zen? El tipo que perseguía a la vaca. Las pasaba putas hasta que la cazaba, y luego la domaba, y después la vaca desaparecía porque era alguna clase de alegoría y el tipo se fundía con el universo y podía andar por el mercado con el pecho descubierto. La clave está en lo último: caminar sin nada, a pelo, que las balas te reboten. Es el fin último. El resto de todas las cosas que te importan y te preocupan, las protagonizadas por el estudio, el dinero del finde y las amistades que no valen para nada se perderán en la mierda como saliva en la ducha.

Te diré que casi todo lo que escribo va de lo puto mismo. Optimismo, luchar contra el ego, quitar importancia a las cosas, hacer lo que uno ama, viajar a Marte. Se acaba el tiempo, se acaba el sabbat. Se acaba el descanso, y hay que ponerse a hacer algo rápido. Hay que volver al trabajo. Han pasado cosas en un año. Las guardaré, las archivaré, las pondré en una carpeta con los bordes de oro, que se abre con cien llaves, hechas de hueso, de trozos de cerebro, de arterias de metal, y cafeína, y vodka, y sémen, y ojos azules. Cosas abstractas que suenan bonitas. Mirar párrafo 2.

Ya va a acabar. Hablar de uno mismo, como comprenderás, es un coñazo. Deja que la poesía se muera en su forma más cargante y pomposa. La historia de uno debe acabarse para dejar hablar a la historia de los universos. Las cosas eternas, los planetas parlantes. Renovarse o matar.

Por si te preguntabas a qué viene todo eso: a éste blog le quedan un mes y diez días de vida. Habrá cosas nuevas. Buenas noches.

Las puertas

1 de mayo de 2012 Deja un comentario

El príncipe Siddhartha tenía todo cuanto quería, pero no todo cuanto necesitaba. Le costó mucho tiempo entender la diferencia entre ambas cosas.

Vivía en un colosal palacio, al cuidado de su padre. Su madre murió al dar a luz, y por lo tanto su padre, el Rey, había intentado llevar a cabo el papel de padre y madre a la vez. Vivía con miedo de ver una pizca de infelicidad en los ojos de su único hijo, y decidió dedicar su vida a que el joven príncipe viviese pleno de felicidad, cerrando cualquier puerta, cualquier pequeño espacio que dejase entrar la mínima sombra de tristeza. Protegería al pequeño Siddhartha de todo mal que asomase por el horizonte, y recibiría todos los golpes por él.

No era de extrañar que el rey no dejase a Siddhartha salir del palacio. El príncipe no había visto nunca el mundo fuera del castillo, y muy benévolo se pensaba el Rey por dejar que a veces la tenue luz del Sol rozase la blanca piel de Siddhartha. No obstante, su palacio era el rey de todos los palacios. Era tan majestuoso y gigantesco que constituía todo un nido de leyendas.

Unos decían que se había edificado sobre rocas caídas de la Luna. Otros, que los elefantes de los que salió el marfil que decoraba gran parte de las estancias murieron voluntariamente al saber que sus huesos iban a servir al príncipe Siddhartha. Los sirvientes le aseguraban que el mundo exterior era más pequeño que el palacio. Que todo el que intentaba atacar ese lugar moría antes de pena.

Siddhartha lo tenía todo al alcance de su mano: salas de juego, grandes patios de recreo, animales exóticos con los que corretear por los jardines, y que en mundo exterior apenas quedaban. Andaba siempre cubierto de oro y toda clase de joyas, que el consideraba naturales, una extensión más, no algo que llevar con orgullo y arrogancia. Las joyas eran para él juguetes brillantes que podía esparcir por el suelo. Siddhartha, inocente, desconocía como se movía el mundo allá afuera.

Pensaba que los rubíes colgaban de los árboles, que la gente florecía de la tierra y que moría por aburrimiento, convirtiéndose en polvo de diamante que el viento arrastraba hacia el Sol en el momento oportuno. No había visto morir a nadie ni a nada. No sabía que cada vez que el Sol se ponía, alguien se marchaba también de éste mundo. Y toda esa realidad de hermosas mentiras eran, por supuesto, cuentos del Rey.Su hijo debía ser feliz, aunque fuese por puro desconocimiento de la tristeza, de la miseria, del mal. Si todo eso no existía para el príncipe, de puertas para fuera tampoco.

Pero  todo padre sabe que a cierta edad un hijo es imposible de predecir. El joven Siddhartha estaba creciendo y se hacía preguntas. “¿Por qué nunca salgo del palacio?” “¿Qué hay del mundo más allá de aquí?” Y el mundo, silenciosamente respondía: “cierto, ¿qué hay de mí?” Se acercaba el cumpleaños de Siddhartha, que ni siquiera sabía cuántos años llevaba existiendo. El tiempo era otra cosa que apenas existía en el palacio. Nunca había visto a ningún anciano. El Rey se impacientaba: no quedaba ningún regalo que hacerle a su hijo. No había nada en el mundo que Siddhartha no tuviera. El príncipe llevaba pocas preocupaciones a sus espaldas, pero en cambio, cargaba con bastantes riquezas.

El príncipe, nervioso, agobiado e inquieto, le pidió a su padre el único regalo que quería. ¿Que quería? No, no se trataba de eso. He aquí la cuestión: el único regalo que necesitaba. Se acercó a su padre, que hacía lo posible por parecer siempre joven a los ojos de su hijo, y le dijo las terribles palabras: “quiero ver el mundo exterior. Quiero abrir las puertas de palacio”. “No me quedan excusas” pensó el Rey. Éste momento debía llegar tarde o temprano. Pero seguía queriendo proteger al joven príncipe, y tomó cartas en el asunto.

Ordenó a todos sus hombres hacer algo muy especial: por todos los alrededores del palacio, hasta donde alcance la vista, debían deshacerse de toda la gente. Esconder a los pobres, llevarse a los ancianos, encarcelar a los de aspecto peligroso. Había acomodado el palacio para la completa inocencia del niño, y ahora debía acomodar el mundo. “Un rey… mejor dicho, un padre debe hacer grandes cosas” se decía.

Siddhartha mando abrir los enormes portones del palacio, que se manejaban con cadenas de oro macizo, y vio por primera vez el mundo exterior. O lo intentó: la luz le cegó,  y sus ojos tardaron unos minutos en acostumbrarse. Por fin pudo mirar el palacio desde fuera. Estaba flanqueado por un estanque de agua turbia, al que, según las leyendas, nadie, ni el mismo Rey, debe acercarse.

Pero no había salido para contemplar el palacio. Avanzó por las calles, y dejó que el viento le saludase. Le sorprendieron las hojas de los árboles y de las plantas que no había dentro del palacio. El mundo parecía desierto, salvo por unas cuantas personas aquí y allá, que bebían vino y charlaban. Era extraño, muchos de ellos le resultaban familiares, como si los hubiera visto en la corte del palacio…

Y entonces oyó pasos, y voces, muchas voces. “¡Detenedlo, detenedlo!”. Un hombre se postró a los pies de Siddhartha, un hombre a que perseguían los guardias. Pero no se postró por educación, como todos los del palacio, sino porque estaba fatigado. Era alguien extraño para él: un pelo blanco como la luna y una barba larguísima, y la piel, ¿qué le pasaba a su piel? Estaba arrugada y áspera como el papel más endeble. Llevaba harapos y un palo que le ayudaba a caminar. No sabía que clase de hombre estaba ante él.

Los guardias fueron hacia él para llevárselo, pero en un abrir y cerrar de ojos, cientos de personas aparecían aquí y allá, por todas partes. Nadie pudo esconderlos, nadie pudo deshacerse de todos. Mujeres que lloraban, niños cubiertos de suciedad, hombres que parecían esqueletos vivientes, suplicando por agua y pedazos de pan. ¡Suplicaba por tan poco! ¿Qué les pasaba? ¿Acaso eran mentira las historias de su padre? ¿Acaso la gente se iba de éste mundo sin poder impedirlo? ¿Acaso había algo por debajo de la felicidad, escombros bajo una vida de mentiras?

Así era. Nadie vio lágrimas en los ojos de Siddhartha, nadie vio ningún sentimiento. No tuvieron oportunidad. Corrió como un demonio. Decían en palacio que se fue porque no aguantó más, pero todos allá afuera sabían que era mentira. Cuando el mundo se desmoronó sobre el joven príncipe, comprendió que no podía permitir que nadie suplicase nunca por nada.

El Rey fue el último en verlo correr. No quiso detenerlo. Él también comprendió, y sonriendo, entró al palacio y lo mandó derrumbar.

El Kluggen

23 de abril de 2012 Deja un comentario

Sólo tengo treinta minutos para escribir ésta mierda, espero hacerlo bien. Empezaba con una pesadilla. Hay cosas en éste mundo que están hechas de lo mismo que las pesadillas, ya sabes a qué me refiero, lo habrás oido mil veces, ese material frío, invisible, líquido, cortante. Se escapa de tu cabeza y viene hasta aquí, y destroza a más de una persona. Una de esas pesadillas.

El vendedor me esperaba en un cruce de caminos. Tenía la cara de algún amigo o familiar. Le pregunté si tenía lo que yo andaba buscando.

Sí, lo tengo aquí mismo –contestó.

Justo lo que necesitaba – le dije, agarrando la mercancía –. Gracias de antemano.

Cogí la ballesta que me había vendido y le dí a cambio un trozo de pastel. Era lo mejor con lo que le podía pagar, y el lo aceptó, al fin y al cabo ¿quién quiere dinero en un puto sueño? Después de eso volví a casa. No sé como, no recuerdo haber caminado hasta allí. A veces en los sueños los lugares y las caras de las personas cambian. A veces la puerta de tu casa es la de una catedral gótica y tu vecino es Willem Dafoe. En mi caso, las escaleras de casa habían sido cambiadas por alguna extraña fuerza y eran iguales que las de mi instituto.

Pero joder, me quedan veinticuatro minutos, ésto es frustrante.

Mamá y papá estaban en la cocina charlando, habían cenado ya, y estaban viendo la tele y bebiendo vino. En la realidad nunca bebían vino, pero bueno, ahí lo tenían encima de la mesa.

¿Como va, hijo? –decía mamá– ¿Viste ésta película que están poniendo? Me gustan los cementerios, me encantan, ¿no es así?

Ella miró a papá esperando respuesta, pero él sólo se limitaba a reir mientras fumaba. Sonó un golpe en la puerta.

La noche de los muertos vivientes –dijo papá mirándome.

Mierda, mierda, mierda, ¡aquí vienen otra vez! –dije, mientras me miraban sin comprender– Coged cuchillos, joder, coged algo, tenéis que ir a…

La puerta de la calle se abrió de golpe, y corriendo como un demonio, me apresuré a cerrar la puerta de la cocina. Esa puerta estaba llena de cristales, y las manos de los muertos vivientes asomaban por allí. Eran de todos los colores. Las había de color amarillo chillón, rosas, moradas, azules, y por alguna parte, juraría haber visto pinzas de cangrejo. Muchas manos.

Dieciocho minutos.

Cogí un cuchillo dentado, de esos que partían el filete a duras penas, porque no encontré otra cosa, y comencé a clavarlo sobre aquellas manos. La puerta se rompía y, hecha astillas volaba sobre la cocina, mientras ví que los muertos vivientes poseían las caras de conocidos y amigos lejanos, esos amigos que ves en la ciudad una vez al mes, pero estaban inexpresivos. Era como si, por culpa de la poca relación que había mantenido con ellos, por culpa del poco interés que me habían suscitado y que en ocasiones se había convertido en cierto desdén hacia su mera existencia, viniesen ahora pidiendo a gritos ser parte de mi vida… O de mi muerte.

Quince minutos, y papá y mamá ya no estaban en la cocina. Se desintegraron.

Hay dos puertas en la cocina: la que da al pasillo, por donde estaban entrando los muertos vivientes de colores, y la que da al balcón, que cuenta con una persiana. En eso no cambiaba la casa. Había bajado la persiana sabiendo que podían entrar por allí, pero ahora fui a abrirla, desesperado, para salir por la terraza. Conseguí deshacerme de ellos, pero subiendo por las escaleras que conectaban el patio y la terraza venían más. No gritaban, no producían el menor ruido ni chocando contra las cosas.

No tenía salida, y el cuchillo se había quedado incrustado en la cabeza de uno de los muertos vivientes. En el de color rosa, creo.

Doce minutos.

Sabía que luchar era inutil, así que subí al tejado de la vecina. Estúpida vecina, siempre limpiando. ¿Qué más te da? No tienes ni un amigo. Y su marido sale al patio con una escopeta. ¿Que coño hace? Lo juro por Dios, todos los medios días sale con la puta escopeta. Ignorando esos pensamientos, a once minutos y medio del final, subí al tejado de la vecina y quise saltar a la calle y huír de casa, buscar a mis amigos e investigar a qué dimensión habían ido ésta vez papá y mamá. Pero era complicado. Diez minutos. Sabía que afuera el mundo estaría lleno de muertos de colores dispuestos a sacarme las tripas y a clavarme hachas en la cabeza que harían fluir la sangre manchando mis preciosas gafas, aunque nunca lleno gafas cuando salgo a la calle.

Elegí, entonces, la vía más fácil. Cuchillo en mano, hice un salto mortal hacia el suelo. En un sueño puedes hacer lo que quieras. Podría haber salido volando, o haberme construido un lanzallamas con lo que encontrase en el contenedor de la basura. Pero en aquel sueño me preocupé de caer de cabeza contra el suelo, para morir al instante, sin dolor, sin muertos vivientes. Me dí de boca. Mamá y papá se enfadarían si descubriesen que me he matado así, con lo que habían pagado para mantener mis dientes.

Me pregunté para qué cojones había comprado esa ballesta.

Aquí viene lo raro. Joder, me quedan siete minutos.

Normalmente te despiertas cuando caes. Pero no fue así. Me encontraba tendido en el suelo de la calle. No sangraba, no me dolía nada, no podía o no quería moverme. Todo rastro de vida en el mundo desapareció.

Entonces llegó. Era ajeno a los sueños y a las pesadillas. Ajeno a la vida y sobretodo a la muerte. No tenía ojos, sólo una gigantesca boca con más dientes de los que en ella cabían, dentro de una cabeza calva, y dos orificios que hacían de orejas. Era gigantesco, musculado, y jadeaba. Se acercó a mí lentamente. Parece que reía.

Y cinco minutos.

Vino hasta donde yo estaba. Portaba un hacha en la mano, de hoja fina y reluciente, sin un rastro de sangre a pesar de lo brutal que parecía él. No destripaba gente, destripaba historias, destripaba ideas, destripaba mundos, jugaba con las vidas porque eran algo inferior a él, podía coger las vidas y tejerlas, coseras, cortarlas, pegarlas, destruirlas si quería. No formaba parte del universo. De ningún universo. Había rodeado el infinito incontables veces. En algunos círculos le llamaban “el Kluggen”. Sonaba viscoso e irreal. Justo lo que él quería.

Él sólo estaba allí para divertirse. Y el cabrón se estaba divirtiendo de lo lindo.

Tres minutos.

Había oído hablar de él, quizá en el patio del colegio, quizá en la barra de un bar o en una fiesta de estudiantes. No era una leyenda, se alimentaba de leyendas. Decían todo tipo de cosas. Se comía tu ego. Te sacaba el cerebro para olerlo y luego devolverlo a su sitio. Algunos decían que mirar su rostro podía volverte cuerdo. Se alimentaba del silencio que se producía cuando no se hablaba de él. Y cuando se hablaba de él, volvía a la vida y desgarraba espacios en blanco y vidas cruzadas, y masticaba los suspiros de quienes perdían el tiempo.

Corrió hacia mí. Minuto y medio, joder, minuto y medio.

No puedo seguir contando nada, no da tiempo. Luchaba por despertar. No había manera. No era un sueño, lo había fundido con la realidad, había ensamblado mi tierra con la tierra de Morfeo, y ahora yo estaba en territorio de nadie. Alzó el hacha y no me mató. Hizo algo mil veces peor.

Me dejó vivo sin comprender. Me obligó a meter la cabeza bajo tierra, a no hacer preguntas.

Me condenó a no poner punto y final a ésta frase