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Carta de despedida

19 de junio de 2012 3 comentarios

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Bueno, supongo que esto es una especie de despedida, ahora que hace un año que empecé este lío. 

Cuando empecé no tenía ni idea. No tenía ni idea de que me iba a gustar tanto esta mierda de escribir, ni de que le iba a temer tanto a la página en blanco, ni que podía ser capaz de sudar y resoplar por no saber qué escribir. Y ahora estoy aquí escuchando a Patti Smith y escribiendo esta cosa para cerrar el blog que seguramente sea decepcionante y después traspasarme a otro blog que puede que a la gente no le guste. ¿Te das cuenta de cómo podemos abrumarnos y asfixiarnos por nada? Voy a hacerme una coleta, ahora vengo.

Ya, perdón. Resulta que gracias a tener un blog he podido desahogarme a gusto, artísticamente. Eso ha sido importante, aunque sea sólo por ver cómo la gente me decía lo que molaban las cosas que escribía. ¿No se busca un poco eso cuando escribes? No me refiero a ser tan universal, blanco y poco arriesgado que todo el mundo se ponga de acuerdo. Se escribe para que la gente lo vea. Para que te llegue alguien y te diga “me haces más llevaderas las noches sin dormir”, o también “he imprimido tu historia, me la he estado leyendo”. ¡Mi historia! La historia de las mujeres lobo de Neptuno ¡pero si a nadie le gustó! También me han dicho “yo nunca leo libros, sólo te leo a ti”. No es un número muy grande de gente, sólo amigos y conocidos, pero ya ha sido algo.

Si puedes hacer algo bien, úsalo para algún fin. No podría vivir autoabasteciéndome de mi propia mierda, quiero decir, si tu mierda es buena, no sé, ¡dásela a los demás! No puedes estar de por vida diciendo “ehm, bueno… esto lo escribió una antigua profesora”. Creo que en el Lazarillo de Tormes lo decían: “que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello.” En esas clases en las que a veces nos dormimos y a las que nos cuesta entrar a veces se aprenden cosas, sobre todo si te las enseña alguien con ganas, y a mí me lo enseñó uno de los grandes.

Y de ahí se pasa a lo siguiente: en un incierto año sabático te das cuenta de que hay que hacer las cosas con ganas. Aunque es cierto que yo no me puse a estudiar hasta bien entrado febrero… o más bien mayo… pero bueno eso es lo de menos. El 2012, año jodido sin duda. Mueren Bradbury y Moebius, nos sangran dinero por todas partes, la gente hace revoluciones por ahí… Leí en no se qué periódico “los griegos hacen acopio de bebidas y alimentos para prepararse”, por si viene la guerra o no se qué basura. 

Escribiré un periódico algún día, con una noticia en primera plana: “Todo lo que hemos estado diciendo los periódicos hasta ahora era mentira. Los políticos son vampiros desalmados y no es cierto que vaya a estallar ninguna guerra. El dinero no importa porque somos una sola conciencia colectiva que algún día, mediante la iluminación se dará cuenta de que la única política válida en el planeta Tierra es jodernos la vida un poco menos entre nosotros y hacer que el universo sea un lugar un poco bonito”. ¡Venderé ese ejemplar a 100 € cada uno! Jajajaja…

No, en serio, hay que tener ganas de hacer las cosas en serio, aunque casi siempre nos equivoquemos al elegir lo que es serio y lo que no. Últimamente todos nos ahogamos en nuestros vasos de agua, y no vemos que el vaso ni siquiera estaba lleno. Las banderitas, los eslóganes machacones, la lucha entre ideales, esa mierda es lo de menos. El mundo se sostiene porque al final acabamos aprendiendo a ser menos gilipollas, aunque eso viene una vez cada nosecuantos años. Tu carrera, o tu trabajo, o lo que quiera que hagas, en realidad no importa. Importa echarse una mano de vez en cuando. Eso y dejar a los cachorritos tranquilos. ¿Por qué crees que tu Dios los hizo tan bonitos? ¡¡Para que los dejaras en paz!!

Estoy reflexionando mierdas metafísicas cuando debería solamente decir: “¡bueno, ésto se acaba, voy a abrir el otro blog, luego nos vemos!” Pero quería juntar todas las ideas que había ido poniendo aquí, en una sola idea gigante, que es toda esa mierda idealista que acabas de leer. Pero es que en un año pueden pasar tantas cosas, puedes leer tantos libros sobre el Zen y puedes tener tantas conversaciones interesantes… algo se te tiene que pegar. 

He tenido historias muy buenas. Un señor me insultó y le dije una obscenidad. Al día siguiente lo escribí como si fuese un relato de Lovecraft. Es de lo más divertido que me ha pasado. He atado todos los cabos de otros años. Me he deshecho de relaciones inútiles que no llevaban a ninguna parte y me he olvidado de cosas malas. He hecho nuevos amigos y he ido a un concierto de Metallica. He conocido a la reina de las chicas de ojos azules y me he dado cuenta de que escribir poemas y relatos bajabragas no vale tanto como pasar una hora entre risas y besos. Se me ha acabado el disco de Patti Smith mientras escribía esto. Joder, debo llevar un buen rato. 

Una idea muy bonita con la que merece la pena marcar tu vida es una cosa que le escuché una vez a Jodorowsky. Según parece, Miguel Ángel decía que, una vez habías terminado una estatua, podía echarla a rodar colina abajo. Todo lo que quedase de la escultura al llegar al final era lo esencial, y lo que se había roto eran partes prescindibles. Así que todo lo que no te guste, recórtalo. No eres un puto mártir, no tienes que sufrir por nada. 

Esto es sólo un paseo. Habrá más. Y sí, mucho mejor. 

http://fahrenheitcomics.wordpress.com/

Categorías:Rarities

No más obituarios

17 de junio de 2012 Deja un comentario
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No hay mejor forma de encabezar esto que con un dibujo de Leinil Yu

La recta final. Has tenido muchas cosas en sólo un año, debes estar contento. Has conocido a una chica, te has sacado el teórico, has vuelto a aprobar eso de la selectividad, has escrito esa basura underground de cómic de la que te sientes orgulloso y le has dado ese rollito zen a tu vida y a tu forma de pensar. “Yo no aguantaría un año sin hacer nada”, me dicen. Yo tampoco, por eso he estado haciendo muchas cosas.

Se acabó por fin, y parece que he sabido sobrevivir. Sólo queda una cosa, una única cosa antes de poder meterse de lleno en el verano: cerrar éste blog. Chaparlo para siempre. El sitio se quedará vacío, pero sólo el lugar, porque todo ésto se va a traspasar. Vamos a llevarnos las ideas a otro sitio, y es un alivio.

Ésto huele ya a recuerdos. He escrito cosas para callar bocas a pedantes y hacer ver que se puede hablar en serio sin ser serio en absoluto. He escrito historietas bajabragas y he intentado ser original. He hablado sobre muchas cosas y me estoy repitiendo. No encuentro temas, de momento, y necesito temas nuevos, nuevas historias, nuevas formas de escupir a la cara fea de las cosas. He vivido unas cuantas cosas, pero te dejaré con la intriga y te haré esperar unos días más.

El martes 19 de julio cerraré las puertas de éste sitio, pero poco después haré otro. Las palabrejas se me han quedado pequeñas y habrá dibujos y cómics. Allí podrás ver “La Calavera” en toda su magnitud. En cuanto cree ese nuevo blog pasaré el link por aquí. 

Elegí el día 19 porque es el día que, hace un año, abrí ésto con ganas de cachondeo y de parodiar esos blogs que hablan de cosas profundas con palabras rebuscadas, pero acabé hablando de mis propias cosas profundas y a la gente acabó gustándole. Le doy importancia a eso de cerrar porque cuando empecé no pensaba que ésto sería un sitio tan cojonudo para desahogarme y toda esa mierda. Hasta Toni Nievas me dijo que el blog estaba guay. 

En fin, hay muchas cosas que decir antes de irse, pero te jodes. El día 19 estaré aquí. 

Categorías:Rarities

De las cenizas volverás

7 de junio de 2012 Deja un comentario

Te recorre un escalofrío en momentos así. Te tiemblan los ojos y dejas de atender a todo lo demás. El mundo se te cae encima y se convierte en cristales rotos. Porque Ray Bradbury se ha muerto.

Siempre es triste cuando pasan cosas así. Cuando dices “ha muerto Moebius”, “ha muerto Sidney Lumet”, “ha muerto Bradbury”, y tú solamente escuchas “¿quién?”. Pero no se puede hacer nada. Nadie se muere sin nadie. Ni siquiera cuando muere alguien mil veces mejor que la mayoría de los que siguen vivos. Estamos en el futuro que él describía en muchas de sus historias. Pantallas gigantes que ocupan toda la pared del salón, gente que nos deja sin libros, atados todos a nuestros teléfonos de mierda que saben hacer desayunos.

Nunca nadie me llevó por donde él pudo llevarme. Puestas de sol en Marte, Venus lluvioso, bomberos que provocan incendios, tatuajes vivientes, dinosaurios, astronautas que se desvanecen felices, falsas máquinas del tiempo, bebés asesinos. Todos los mundos que puedas imaginar: él los tenía. Te agarraba con fuerza y te lanzaba  a sus historias. Era como un niño, siempre entusiasmado, siempre volando por ahí con ideas nuevas. Y se dedicó a eso desde que era un crío hasta que murió con 91 años.

“Ve a lo alto de la colina y salta, y construye tus alas mientras caes”, esa era su filosofía. Como decía Bill Hicks, la vida es un paseo, pero matamos a los que intentan decírnoslo. “No puede ser un paseo, he invertido mucho, mira mi cuenta bancaria, mira mi familia”. Pero así es, un simple paseo, una atracción de feria. Bonitas palabras ¿no? La gente a la que has apreciado y a la que has seguido hasta que acaban yéndose, siempre te dejan algo bueno dentro. Y todas esas cosas se mezclan y te hacen un poquito mas grande. Es algo así ¿no? Tampoco tengo mucha idea ahora, dentro de unos años podría decirlo mejor. No tengo ni idea.

Aquí nos quedamos, Ray, y mientras no nos  quemen tus libros, aquí seguirás tú también.

 

Categorías:Literatura exquisita

Ænima

4 de junio de 2012 2 comentarios

Escucha, sé que he tenido bastantes pocas ganas de escribir últimamente. Creo que no es desgana. No es falta de inspiración, ni dejadez, ni estar ocupado con otras cosas. Los estudios. Ja. Eso es una excusa barata de mediocres, hay tiempo para todo. Es cierto que ahora debería estar estudiando, pero qué coño, si uno no puede tener tiempo para soltar cuatro tonterías o sentarse a escuchar Pearl Jam puedes volarme la cabeza.

Todo ese tema de escribir… Bueno, creo que últimamente hay cosas que no necesitan que te extiendas demasiado explicándolas, no sé si me explico, es más fresco y gratificante ver como llegan y te rozan la cara y te las dejas guardadas en alguna parte, sabiendo que volverán a salir cuando estés apunto de irte, y la vida pase ante los ojos, y todas esas cosas serán las que veas, estoy seguro que será alguna mierda en blanco y negro y a cámara lenta, y te parecerán horas.

Las cosas malas ahí no están. Las pérdidas de tiempo, las amistades inútiles, los engaños, los desengaños. La cierta tristeza que siempre está ahí. Hay una tristeza por algo que no sabes bien qué es. Algunos días quieres ser Frank Castle y emprenderla a tiros con los culpables. Arreglarlo rápido, dejarlo todo bien hilado, enterrar a los políticos, a los trozos de mierda que dan palizas a los críos y… ¿Sabes quienes son los peores? Los que matan cachorros. No me preguntes por qué. Destrozan el mundo. Y nunca se irán.

Pero un tío más listo que todos nosotros no dejaba de repetirme que el mundo sigue porque al final siempre somos más los buenos que los malos. No sé explicar a qué viene todo eso, pero no sé, estaba ahí metido. Me gusta reflexionar éstas tonterías imaginando que estoy subido a un tejado o algo. Había empezado con una cosa y ahora no sé de qué estoy hablando y me he perdido.

Bueno, esas cosas. Últimamente no tengo muy claro sobre qué escribo, porque ya he escrito sobre casi todo lo que quería escribir. Más o menos. Realmente es mentira: me quedan cosas sobre las que escribir, pero, ¿qué gracia tendría si las escribiese todas ahora? Están todas guardadas bajo llave, esperando a que las saque, algunas ni siquiera sé qué coño son.

El cómic ya está por aquí guardado, sólo necesito subirlo y ponerle las viñetas bonitas y todo eso después de la selectividad. Aquí está Bill con el tiempo.

Ven conmigo si quieres vivir

22 de mayo de 2012 2 comentarios

La nave tiene los escudos a baja potencia. El blog tiene pocas visitas. Es lo que tiene escribir poco. He estado ocupado.

Hace unos días me dí de bruces con los diecinueve. Mi tío me llamó para felicitarme: “bueno ¿qué se siente con diecinueve?” ¡Qué jodida pregunta, apenas llevaba horas con ellos! Los diecinueve son un pegajoso traje simbionte alienígena que te queda grande. Te despiertas con ellos y ahí se te quedan, pero no tienes ni idea de como se usan, ni de qué rábanos representan. ¿Qué se siente con ellos? ¡Coño, aún me lo pregunto!

Ya se ha acabado el sabbat. Llega el trabajo. Hay que pelear contra cosas. ¡La PAEG! ¡El Teórico! ¡El cómic que llevas cinco putos meses haciendo! Van todos a por ti, a clavarte uñas y dientes, a romperte en trozos. Y tú con los diecinueve, que no sabes cómo usarlos. El Horror…

Responsabilidad, estudio, dibujos, conciertos de Heavy Metal. Vaya lío. También llevo, si te paras a pensar, casi un año escribiendo ésto. Tiene cojones. No había hecho ni la selectividad. Hice ésto por diversión malsana, porque el verano aburre mucho. Y ya lo ves, al cabo de un año tienes, no sólo a tu colega del bar que afirma que sólo te lee a ti y al Naruto ese, sino a tus antiguos profesores pendientes de que escribas más cosas de éstas. Gente que sabe de literatura, de filosofía o de arte pidiendo que escribas más desvaríos de éstos. ¡Pero ésto qué es! Ha sido un buen año.

Queda agarrarse como a un clavo ardiendo a las cosas que quieres para seguir un poco cuerdo. Dibuja, escribe y sigue enganchándote a aquellos ojos azules. Se ha acabado el tiempo, hay que volver al trabajo. Está todo vendido. Poco más leerás aquí dentro. El diecinueve (¡asquerosa coincidencia!) del mes que viene ésto llevará aquí un año, y el blog se traspasa. Se va. Cambio de aires. Ch-ch-ch-chan-changes, como decía David Bowie. Pero habrá más. Igual va bien, igual no. Pero va a ser demasiado bueno como para que vaya mal.

Quimera Cómics, en menos de un mes.

Excélsior!

Categorías:Literatura exquisita

El hombre de los lagartos

10 de mayo de 2012 Deja un comentario

El Sol estaba sucio. Otra mañana más. Que asco, esa noche no había dormido él, por el trabajo, pero intentaba levantarse más o menos vivo, lo necesitaba porque esa noche libraba y tenía que beber así que decidió animarse como suele hacerlo normalmente, con dosis de autocompasión autocomplaciente mañanera que había ido llevando a cabo desde la pubertad, solo que ahora para dar emoción, porque con los años costaba excitarse a uno mismo, le añadía un palo de piruleta o la cadena rota del tapón de la ducha o a veces hasta se compraba hámsters y cosas.

Se asomó a la ventana y vio a la vecina, la del piso de enfrente, abajo, en la calle, barriendo. “Eh” dijo en voz baja. “Eh, eh, señora”. Susurraba, y claro, no había forma de que la señora oyera eso. “Puta. Señora, señora. Puta, a tomar por el culo ¿No?” y de vez en cuando se le escapaban infantiles risas y cuando la vecina parecía que miraba, él se escondía detras de la cortina tapándose la boca con la mano. Eso le alegraba las mañanas, que no solían ser muy alegres cuando se levantaba, porque se quedaba siempre media hora vomitado, un asunto feo. Y peor le iba a ir esa noche, con esa botella de veneno ruso importado. A nadie le hacía daño de vez en cuando ¿Sí o no?

La resaca le estaba ronroneando en la cabeza y hacía que la boca le supiera a alcohol, a vómito y a fetos. Un momento… ¿Fetos? Ya estaba otra vez. Se había acordado de la maldición de aquella gitana. Todas las mañanas vomitaba un feto. No había mal para sus seres queridos. No había muerte y dolor para la mujer de su vida. No habría desgracias en su futuro cercano. Sólamente un maldito feto saliéndole de la boca todas las mañanas, dolía a horrores, y tenía que trocearlo con la escoba una vez estaba dentro del inhodoro, hacerlo pequeños pedazos con el palo de la fregona, para que pudiese irse por el desagüe.

Lo que no recordaba es cómo le pasó. Tuvo que haber alguna forma, algo ocurrió…

Eran encantadores, los lagartos. Cada mañana se iba a la tienda de animales a ver los lagartos. Había uno, de ojos grandes y nerviosos, que no se movía, pero tenía los ojos bien abiertos. Parecía un muñeco. En aquel centro comercial todos parecían muñecos. Las señoras que se paseaban por ahí con las bolsas sobretodo, señoras mayores, con sombrero y gafas anticuadas con correa porque estaban ya mayores y qué desgracia si se les caían al suelo, el cristal por ahí rondando, pero con la correa, salvación, estaban seguras. Pero, ¿Y si las gafas caían del rostro arrugado como papel y se estampaban contra los flácidos e inexpugnables pechos y el cristal se caía igual? Las había que iban pensando eso y agarraban las bolsas con fuerza porque esperaban su fin y nada podía protegerlas de ello, de esa cruel manera de terminar, y se lamentarían porque la última vez que tuvieron sexo fue hace la friolera de once años, con el marido recién afeitado, le costó quitarse los tirantes pero pudo hacerlo, aunque no sirvió de nada porque pronto volvió, en ocho minutos y trece segundos a la frustración, la vida estridente, el no-sexo, encontrar las cintas de vídeo de “La Buena, la Fea y la Mala” cada vez peor escondidas.

Mujeres ancianas, que parecían de cera, con rostros cincelados por la mano inexperta de un Dios que olvidó el cincel en el lugar menos pensado y que, cruel ironía, usó un colorido y transparente dildo para terminar de realizar aquellas caras dolidas y cubiertas de piel, piel que pesaba, y sobraba por muchas partes. Pero había mujeres de todos los tamaños y colores paseando y consumiendo por ahí, quemando billetes, y en ellas pensaba el hombre de los reptiles, Roland H Lipstick, pensaba en las que no tendría otra relación que un desdeñoso saludo en la escalera de un hipotético piso, y pensaba en las que, sólo con verlas, le impulsaban a usar su lengua viperina en cada uno de sus jugosos órganos y sus dientes para romper las finas medias que cubrían piernas, que cubrían suave piel que arrancar metafóricamente con los ojos para llegar adentro, a los músculos, los huesos, la esencia de ese cuerpo de mujer que en realidad no era más que un punto diminuto en aquella fortaleza comercial en la que seguía Roland en carne y hueso, pero sólo físicamente ya que su cerebro hacía tiempo que había huído de los lagartos para irse a pastos venusianos más verdes, revolcándose su mente en una limpia cascada de leche desnatada y fluidos del cuerpo, cálidos y obscenamente imaginarios.

A eso se dedicaba H Lipstick, a soñar con los lagartos, las curvas, el sexo, soñaba, realmente con todo lo que se le pusiese por delante, todo lo que le sacase del sucio zulo en el que vivía, que le hiciese olvidar su empleo de vigilante nocturno en ese odioso museo, el asqueroso museo del lápiz, llevaba trabajando años allí, tiempo que le apretaba el cuello con tenazas y le hacía sangrar a borbotones en una pesadilla viviente en la que la sangre no se acababa, y no dejaba de fluir, y no se volvía pálido en ningún momento, no dando lugar ni a que los reptiles devorasen lo que quedaba de su cuerpo.

Su difunto padre le había metido allí. Era demasiado tiempo el que llevaba, pero no movía ficha para cambiar esa situación porque le gustaba disfrutar de toda la mierda insignificante que muchos llamamos “pequeños detalles” que realmente sí, nos hacen vivos, o algo, y él gustaba de contemplar las señales de tráfico con el sol reflejándose en el metal, y las palomas en los parques que salían volando. No sabía por que lo hacían, por qué salían volando cuando él, o cualquiera, se acercaba. A veces, en su diminuta cama, en la que le colgaban los pies, durante las pocas horas que dormía soñaba que conseguía coger una al vuelo, triunfalmente, y la agarraba y se deshacía en insultos contra el animal. “Puta, ¿Por qué huyes?

Se imaginaba a las palomas allí quietas e inamovibles mientras era el parque el que se iba cuando querías entrar, se hacía trozos y volaba cuando te acercabas y volvía a su sitio cuando te ibas. No tenía ningún sentido aquello, pero iba torciendo y regurgitando esa fantasía mientras salía del antro comercial.

Ya se acordaba. Sí, lo del feto y eso. La gitana. Vendía en la puerta ramitas de no-se-qué.

– ¡Una ramita, una ramita!

– No.

– ¡Que sí, y te leo la fortuna!

– Yo no tengo fortuna.

– Cómo no vas a tener, guapo, rubio.

– ¡No!

Intentó apartar a la gitana lo más amablemente posible, pero su subconsciente, pensando en las abominables señoras de cera aún, empujó a la gitana y le tiró la rama el suelo. Se ofendió mucho y escupió palabras en una jerga extraña, frenética y parabólica, porque hay adjetivos que no vienen al caso que siempre se pueden usar con esa gente porque esa gente comete actos que no vienen al caso. Extraño cruce fue el de la gitana y el hombre de los reptiles, gente así se cruza pocas veces en la vida, pero cuando lo hacen es una explosión, sólo descriptible con la metáfora de un hombre tumbado en una playa, rodeado de figuras de cristal, donde empiezan a llover torsos, sólo torsos, sin extremidades. Imagínense.

Y el buen Roland dijo “lo siento” sin sentirlo, y ella gritó y escupió al suelo, e hizo ademán de agarrarle del cuello, pero sólo era ademán. Él se marchó y la puta le seguía incansable, por la calle, pero, entonces… Paso de cebra, semáforo en rojo, Lipstick cruzó más salvo que sano y ella, no tanto. Una moto se la llevó por delante, y el motorista salió despedido, y ella se deshizo allí, y el cuerpo fofo y sudoroso y grasiento estaba allí, en ese paso ahora blanco, negro y rojo, hecha un amasijo de mierda, sus dientes aún quedaban por allí, y el hombre de los lagartos fue corriendo a socorrerla, empezó la frase “Dios mío, yo…” pero la gitana:

–El feto, el feto para los desgraciados. El feto.

Ahí ya sí que no. Maldiciones no. Y cogió la cabeza de ella y con los pulgares le hundió los ojos, y sangraba, y gritaba pero le tapaba la boca hasta que calló, posiblemente al atragantarse con los dientes que le quedaban en la boca. Quedaron ahí el cuerpo, ese filete muerto adornado con ramitas que por ahí quedaban, mezclándose con los dientes, y el motorista, que salió mas o menos bien. Vivo al menos.

Eso fue. Eso fue.

Categorías:Literatura exquisita

La muerte de Ego, el planeta viviente

9 de mayo de 2012 Deja un comentario

Queda poco. Te frustras por nada. Sales a la terraza y bebes una coca-cola de esas con sabor a cereza, y piensas que no va tan mal. Pero hay que cambiar cosas. Remangarse y extirpar, descoser, unir, arrancar algunas cosas a bocados, dejar otras en su lugar. Todo se reduce a tus mundos personales. Si lo miras bien, sólo hay dos o tres cosas que no merecen ser tiradas a la basura. Hay cosas que se hacen tremendamente grandes e importantes, y cosas que encogen hasta poder pisotearlas. Todo eso va cambiando, girando, estirándose, transformándose, etc, etc.

Otro primer párrafo lleno de cosas que no entiende ni Dios. Sólo suenan bonitas: ahí está la esencia de todo. Es asqueroso contar tu vida. Tus asquerosas penas de clase media. Vuelve otro día. Compra tus penurias insignificantes y personalizables, customizables, oh, sí, terribles. Dirás que ésto es infumable. Nadie te ha pedido que lo fumes. Tu asquerosa boca no está hecha para fumarme. Vuelve otro día, en serio.

¿Conoces ese cuentecillo zen? El tipo que perseguía a la vaca. Las pasaba putas hasta que la cazaba, y luego la domaba, y después la vaca desaparecía porque era alguna clase de alegoría y el tipo se fundía con el universo y podía andar por el mercado con el pecho descubierto. La clave está en lo último: caminar sin nada, a pelo, que las balas te reboten. Es el fin último. El resto de todas las cosas que te importan y te preocupan, las protagonizadas por el estudio, el dinero del finde y las amistades que no valen para nada se perderán en la mierda como saliva en la ducha.

Te diré que casi todo lo que escribo va de lo puto mismo. Optimismo, luchar contra el ego, quitar importancia a las cosas, hacer lo que uno ama, viajar a Marte. Se acaba el tiempo, se acaba el sabbat. Se acaba el descanso, y hay que ponerse a hacer algo rápido. Hay que volver al trabajo. Han pasado cosas en un año. Las guardaré, las archivaré, las pondré en una carpeta con los bordes de oro, que se abre con cien llaves, hechas de hueso, de trozos de cerebro, de arterias de metal, y cafeína, y vodka, y sémen, y ojos azules. Cosas abstractas que suenan bonitas. Mirar párrafo 2.

Ya va a acabar. Hablar de uno mismo, como comprenderás, es un coñazo. Deja que la poesía se muera en su forma más cargante y pomposa. La historia de uno debe acabarse para dejar hablar a la historia de los universos. Las cosas eternas, los planetas parlantes. Renovarse o matar.

Por si te preguntabas a qué viene todo eso: a éste blog le quedan un mes y diez días de vida. Habrá cosas nuevas. Buenas noches.