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El hombre de los lagartos

El Sol estaba sucio. Otra mañana más. Que asco, esa noche no había dormido él, por el trabajo, pero intentaba levantarse más o menos vivo, lo necesitaba porque esa noche libraba y tenía que beber así que decidió animarse como suele hacerlo normalmente, con dosis de autocompasión autocomplaciente mañanera que había ido llevando a cabo desde la pubertad, solo que ahora para dar emoción, porque con los años costaba excitarse a uno mismo, le añadía un palo de piruleta o la cadena rota del tapón de la ducha o a veces hasta se compraba hámsters y cosas.

Se asomó a la ventana y vio a la vecina, la del piso de enfrente, abajo, en la calle, barriendo. “Eh” dijo en voz baja. “Eh, eh, señora”. Susurraba, y claro, no había forma de que la señora oyera eso. “Puta. Señora, señora. Puta, a tomar por el culo ¿No?” y de vez en cuando se le escapaban infantiles risas y cuando la vecina parecía que miraba, él se escondía detras de la cortina tapándose la boca con la mano. Eso le alegraba las mañanas, que no solían ser muy alegres cuando se levantaba, porque se quedaba siempre media hora vomitado, un asunto feo. Y peor le iba a ir esa noche, con esa botella de veneno ruso importado. A nadie le hacía daño de vez en cuando ¿Sí o no?

La resaca le estaba ronroneando en la cabeza y hacía que la boca le supiera a alcohol, a vómito y a fetos. Un momento… ¿Fetos? Ya estaba otra vez. Se había acordado de la maldición de aquella gitana. Todas las mañanas vomitaba un feto. No había mal para sus seres queridos. No había muerte y dolor para la mujer de su vida. No habría desgracias en su futuro cercano. Sólamente un maldito feto saliéndole de la boca todas las mañanas, dolía a horrores, y tenía que trocearlo con la escoba una vez estaba dentro del inhodoro, hacerlo pequeños pedazos con el palo de la fregona, para que pudiese irse por el desagüe.

Lo que no recordaba es cómo le pasó. Tuvo que haber alguna forma, algo ocurrió…

Eran encantadores, los lagartos. Cada mañana se iba a la tienda de animales a ver los lagartos. Había uno, de ojos grandes y nerviosos, que no se movía, pero tenía los ojos bien abiertos. Parecía un muñeco. En aquel centro comercial todos parecían muñecos. Las señoras que se paseaban por ahí con las bolsas sobretodo, señoras mayores, con sombrero y gafas anticuadas con correa porque estaban ya mayores y qué desgracia si se les caían al suelo, el cristal por ahí rondando, pero con la correa, salvación, estaban seguras. Pero, ¿Y si las gafas caían del rostro arrugado como papel y se estampaban contra los flácidos e inexpugnables pechos y el cristal se caía igual? Las había que iban pensando eso y agarraban las bolsas con fuerza porque esperaban su fin y nada podía protegerlas de ello, de esa cruel manera de terminar, y se lamentarían porque la última vez que tuvieron sexo fue hace la friolera de once años, con el marido recién afeitado, le costó quitarse los tirantes pero pudo hacerlo, aunque no sirvió de nada porque pronto volvió, en ocho minutos y trece segundos a la frustración, la vida estridente, el no-sexo, encontrar las cintas de vídeo de “La Buena, la Fea y la Mala” cada vez peor escondidas.

Mujeres ancianas, que parecían de cera, con rostros cincelados por la mano inexperta de un Dios que olvidó el cincel en el lugar menos pensado y que, cruel ironía, usó un colorido y transparente dildo para terminar de realizar aquellas caras dolidas y cubiertas de piel, piel que pesaba, y sobraba por muchas partes. Pero había mujeres de todos los tamaños y colores paseando y consumiendo por ahí, quemando billetes, y en ellas pensaba el hombre de los reptiles, Roland H Lipstick, pensaba en las que no tendría otra relación que un desdeñoso saludo en la escalera de un hipotético piso, y pensaba en las que, sólo con verlas, le impulsaban a usar su lengua viperina en cada uno de sus jugosos órganos y sus dientes para romper las finas medias que cubrían piernas, que cubrían suave piel que arrancar metafóricamente con los ojos para llegar adentro, a los músculos, los huesos, la esencia de ese cuerpo de mujer que en realidad no era más que un punto diminuto en aquella fortaleza comercial en la que seguía Roland en carne y hueso, pero sólo físicamente ya que su cerebro hacía tiempo que había huído de los lagartos para irse a pastos venusianos más verdes, revolcándose su mente en una limpia cascada de leche desnatada y fluidos del cuerpo, cálidos y obscenamente imaginarios.

A eso se dedicaba H Lipstick, a soñar con los lagartos, las curvas, el sexo, soñaba, realmente con todo lo que se le pusiese por delante, todo lo que le sacase del sucio zulo en el que vivía, que le hiciese olvidar su empleo de vigilante nocturno en ese odioso museo, el asqueroso museo del lápiz, llevaba trabajando años allí, tiempo que le apretaba el cuello con tenazas y le hacía sangrar a borbotones en una pesadilla viviente en la que la sangre no se acababa, y no dejaba de fluir, y no se volvía pálido en ningún momento, no dando lugar ni a que los reptiles devorasen lo que quedaba de su cuerpo.

Su difunto padre le había metido allí. Era demasiado tiempo el que llevaba, pero no movía ficha para cambiar esa situación porque le gustaba disfrutar de toda la mierda insignificante que muchos llamamos “pequeños detalles” que realmente sí, nos hacen vivos, o algo, y él gustaba de contemplar las señales de tráfico con el sol reflejándose en el metal, y las palomas en los parques que salían volando. No sabía por que lo hacían, por qué salían volando cuando él, o cualquiera, se acercaba. A veces, en su diminuta cama, en la que le colgaban los pies, durante las pocas horas que dormía soñaba que conseguía coger una al vuelo, triunfalmente, y la agarraba y se deshacía en insultos contra el animal. “Puta, ¿Por qué huyes?

Se imaginaba a las palomas allí quietas e inamovibles mientras era el parque el que se iba cuando querías entrar, se hacía trozos y volaba cuando te acercabas y volvía a su sitio cuando te ibas. No tenía ningún sentido aquello, pero iba torciendo y regurgitando esa fantasía mientras salía del antro comercial.

Ya se acordaba. Sí, lo del feto y eso. La gitana. Vendía en la puerta ramitas de no-se-qué.

– ¡Una ramita, una ramita!

– No.

– ¡Que sí, y te leo la fortuna!

– Yo no tengo fortuna.

– Cómo no vas a tener, guapo, rubio.

– ¡No!

Intentó apartar a la gitana lo más amablemente posible, pero su subconsciente, pensando en las abominables señoras de cera aún, empujó a la gitana y le tiró la rama el suelo. Se ofendió mucho y escupió palabras en una jerga extraña, frenética y parabólica, porque hay adjetivos que no vienen al caso que siempre se pueden usar con esa gente porque esa gente comete actos que no vienen al caso. Extraño cruce fue el de la gitana y el hombre de los reptiles, gente así se cruza pocas veces en la vida, pero cuando lo hacen es una explosión, sólo descriptible con la metáfora de un hombre tumbado en una playa, rodeado de figuras de cristal, donde empiezan a llover torsos, sólo torsos, sin extremidades. Imagínense.

Y el buen Roland dijo “lo siento” sin sentirlo, y ella gritó y escupió al suelo, e hizo ademán de agarrarle del cuello, pero sólo era ademán. Él se marchó y la puta le seguía incansable, por la calle, pero, entonces… Paso de cebra, semáforo en rojo, Lipstick cruzó más salvo que sano y ella, no tanto. Una moto se la llevó por delante, y el motorista salió despedido, y ella se deshizo allí, y el cuerpo fofo y sudoroso y grasiento estaba allí, en ese paso ahora blanco, negro y rojo, hecha un amasijo de mierda, sus dientes aún quedaban por allí, y el hombre de los lagartos fue corriendo a socorrerla, empezó la frase “Dios mío, yo…” pero la gitana:

–El feto, el feto para los desgraciados. El feto.

Ahí ya sí que no. Maldiciones no. Y cogió la cabeza de ella y con los pulgares le hundió los ojos, y sangraba, y gritaba pero le tapaba la boca hasta que calló, posiblemente al atragantarse con los dientes que le quedaban en la boca. Quedaron ahí el cuerpo, ese filete muerto adornado con ramitas que por ahí quedaban, mezclándose con los dientes, y el motorista, que salió mas o menos bien. Vivo al menos.

Eso fue. Eso fue.

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