Oda al helado de fresa

Interior de Vagina I
Todos creemos muerta a la poesía (yo el primero, muchas veces), pero no te engañes, está de parranda. Deja que me explique. Cuando hablamos de poesía vemos a un tipo renacentista, con una pluma en su sombrero, realizados extraños aspavientos. Cuando se la intenta revivir, sin éxito alguno, hoy en día, el “valiente” que lo intenta, a no ser que se apellide “Cohen”, se da de bruces con el fracaso, que le salpica la cara como si fuese el semen de un negro gigantón homosexual de las películas de cárceles.
Voy a dar un consejo, puesto que, ahora mismo yo soy quien más sabe de poesía en ésta habitación en la que estoy escribiendo, que no es moco de pavo, ya que me acompañan el radiador, la rana de peluche y un chocolate que me he hecho hace un rato. No se trata de pensar que estás inspirado (siempre piensas que lo estás), y, diccionario en mano, buscar palabras cuanto más largas y bonitas mejor, porque rimar sonrisa con cornisa y hablar de tus desengaños amorosos ficticios está cojonudo en primaria, pero es hora de replantearse el mundo cuando la vida artística de uno se reduce a eso.
Así que rompe todas las estrofas y las rimas asonantes, porque no hay mejor poeta que el que nunca ha escrito un sólo verso. He encontrado borrachos en el Santo Cachorro que son, muchos de ellos, Shakespeare renacido. No te engañes. Te diré lo que es poesía.
La poesía es comer un buen coño. Es quitar unas medias ajenas. Es pegarle un capón a un niño malhablado. Es buscar lagartijas entre las hojas. Es mirar la cara ilusionada de un anciano fascista cuando le enseñas un dibujo. Es insultar a un político . Es la flor entre la basura, es dormirse la mañana de domingo, es oler los tebeos viejos y acordarte de tu infancia en un segundo, que no es un segundo en absoluto. Es lo libre, y ser libre no es sólo no estar en la cárcel.
Hoy vamos a pintar el cielo de flujo vaginal, vamos a quemar nuestras cabezas, vamos a enrollar las lenguas con los muelles de la cama, con los dedos del enchufe y con las sábanas manchadas.
Somos todos feos, y feo será el cadáver que dejemos, así que hay que dejar de lloriquear de vez en cuando. No te rasgues las vestiduras, maricón, y rásgate directamente la piel, así tu enésima revolución tendrá sentido, así podrá dejar de hacer falta luchar por esos estudios que sólo elegiste para poder quejarte de lo duros que son. Y ahí está tu dichosa poesía, en saber decirle “no” a una obvia caída en picado contra el asfalto.
Verás, el arte no es una dama que a uno le visita por las noches, entrando por tu ventana envuelta en seda. El arte es como la mierda. Sale de tus entrañas, a veces cuesta un infierno sacarlo fuera, y siempre precisa dejarte con el culo al aire, pero es increíble lo tranquilo que te quedas cuando lo sueltas con éxito. Y puede llevarlo a cabo cualquier ser humano. Joder, estoy seguro de que la reina de España se ha mojado el culo con su propia orina al expulsar una mierda muy grande.
Ya te ha quedado claro, la poesía también implica pasar de hablar de amor a hablar de mierda, con cierta elegancia. Y es que, joder, estoy seguro de que ni el radiador, ni la rana de peluche ni el chocolate caliente saben tanto de poesía como yo.
Porque, como se dijo una vez: “No todo el mundo puede ser un gran artista, pero un gran artista puede venir de cualquier parte”. Y eso no lo dijo Shakespeare, ni Walt Whitman ni Herman Hesse. Eso, es de Ratatouille, una peli de dibujos.